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Bailén

Nosotros llegamos precisamente cuando se estaban haciendo los preparativos y el equipo de
guerra del mayorazgo. Todos trabajaban en aquella casa, y no eran las menos atareadas las
hermanitas del Sr. Conde, porque a más de la delicadísima ropa blanca que con sus propias
manos y bajo la inspección de su madre aparejaron, poniéndola con mucho orden en las
gruperas, se ocupaban a toda prisa en arreglar unos muy lindos escapularios, no sólo para él, sino
para todos los de la comitiva.
No sé qué aquellos preparativos tenían de semejante con los que se hacen para mandar a un
chico al colegio; verdad es que nada hay tan instructivo y despabilador como un campamento, y
por eso decía D. Paco que la guerra es maestra del ingenio y domeñadora de las impetuosidades
juveniles.
Marijuán fué destinado a acompañar al señorito. Con él y otros criados formóse una legioncilla
de cinco hombres; mas sabedora doña María de que otros jóvenes de familias ricas de Baeza,
Bujalance y Andújar habían llevado hasta diez, mandó que se aumentara aquel número, fijándose
al instante en Santorcaz y en mí. Se nos ofrecía una peseta diaria, además de lo que cayera si
volvíamos con vida y salud. Mi compañero y yo nos miramos, consultando con elocuente
silencio el aspecto de nuestras respectivas fachas. Hallábamonos ambos muy derrotados; y con
aquella escrutadora penetración que da la carencia de posibles, cada cual conoció la escualidez y
vanidad de la bolsa del otro. Santorcaz opinó que yo debía aceptar el enganche, y yo fuí del
mismo dictamen respecto a mi amigo; D.ª María ofreció equiparnos, mudando nuestras ropas por
otras nuevas y mejores, y además comprometíase a mantener por algún tiempo a los que ya
comenzaban a tener dudas acerca del pan que comerían al llegar a Córdoba. No vacilamos, y
henos convertidos en soldados de caballería, prontos a incorporarnos al reducido, pero brillante
ejército de San Roque. Comprendí que aquél era mi destino, y que para el fin que a Córdoba me
llevaba, más me convenía penetrar en esta ciudad como soldado obscuro que como desalmado y
andrajoso vagabundo. Santorcaz se decidió después de meditarlo mucho, dando paseos en la
habitación donde se nos había albergado. Una vez resuelto a ello, pareció muy alegre y le oí
pronunciar algunas palabras que me demostraron la agitación de su alma por causas para mí
desconocidas entonces. Luego expuso a D.ª María que no partiría de Bailén hasta no recibir unas
cartas que esperaba de Córdoba y de Madrid, relativas a sus intereses, a lo cual accedió la
señora, diciéndole que permaneciese en la casa hasta cuando quisiera, con la condición de
incorporarse después a la escolta de D. Diego si ésta salía antes.
No tardó mucho el día de la partida. El joven mayorazgo estaba vestido del modo siguiente: una
ancha faja de seda color de amaranto le ceñía el cuerpo; sus calzones de ante se ataban bajo la
rodilla, y sobre las medias de seda llevaba gruesas botas de cordobán con espuelas de plata. El
marsellés de paño pardo fino con adornos rojos y azules daba singular elegancia a su cuerpo, así
como el ladeado sombrero portugués, con moña de felpa negra y cordón de oro. Guarnecía su
cintura sobre el fajín lo que llamaban charpa, y era un ancho cinturón de cuero con diversos
compartimientos ocupados por dos pistolas, un puñal y un cuchillo de monte, de modo que
llevaba el niño en los lomos un completo arsenal, propio para hacer frente a todas las
circunstancias imaginables.
Ocupábanse la madre y las hijas en arreglar los últimos pormenores del vestido, ésta cosiendo el
postrer botón, aquélla poniendo un alfiler a la cinta del sombrero, la otra calzando la espuela al
mozo, cuando D.ª María dijo con la viveza propia del que recuerda de improviso la cosa mas
importante:
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