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Bailén

negro, siempre en traje ceremonioso, aunque no nuevo, usando asimismo peluca blanca,
rematada en descomunal bolsa. A los forasteros huéspedes nos trataba con mucha dulzura;
porque «la hospitalidad—decía—fué don particular de los pueblos antiguos, y debe ser
practicada por los presentes para enseñanza de los venideros».
X
El patrimonio de aquella casa era bueno, aunque muy inferior al de otras familias de Andalucía y
de Castilla; pero contaba la Condesa con que sería de los primeros de España luego que su hijo
heredara el mayorazgo de unos parientes por línea colateral, que carecían de sucesión directa.
Para facilitar esto, D.ª María concibió un proyecto gigantesco, del cual dependía, como el lector
verá, la perpetuidad de aquella casa y solar ilustre por el largo discurso de los siglos; trató de
casar a su hijo con una hembra de la familia de aquellos sus parientes, a la sazón poseedores del
mayorazgo, y residentes en Córdoba, aunque su habitual morada era Madrid. No era obstáculo
para esto la niñez, más bien moral que física, de D. Diego, pues siendo entonces costumbre
emparentar lo más pronto posible a los mayorazgos, los casaban fresquitos y antes que tuvieran
tiempo de asomar las narices por las rendijas de la puerta del mundo, donde, al decir de D. Paco,
no había sino perdición y desvanecimiento para la juventud, porque las dulzuras de la copa de
los placeres duraban breves instantes, mientras que sus amargas heces trascendían por luengos
años.
Pero alguien hubo de producir trastorno en los planes sabiamente trazados por D.ª María y sus
ilustres primas; desconcertólos Napoleón, Emperador de los franceses, al poner sus ojos en esta
joya del continente y al invadirla. La guerra, aquella santa guerra de que no nos muestra otro
ejemplo la Historia en tiempos cercanos, obligó a suspender este como otros proyectos, y D.ª
María, aragonesa y muy patriota, hubo de llamar a D. Diego, y desde lo alto de su sitial le aterró
con estas palabras, confiadas después a mi discreción por D. Paco:
—Hijo mío, mucho te quiero. Tu muerte no sólo nos mataría de pena, sino que aniquilaría
nuestra casa y linaje. Eres mi único varón, eres el alma de esta casa, y, sin embargo, es preciso
que vayas a la guerra. Sangre valerosa corre por tus venas, y estoy bien segura de que a pesar de
tus pocos años dejarás en buen lugar el nombre que llevas. Todos los jóvenes se deben a su rey y
a su patria en estos terribles días en que un miserable extranjero se atreve a conquistar a España.
Hijo mío, mucho te amo; pero prefiero verte muerto en los campos de batalla y pisoteado por los
caballos franceses a que se diga que el hijo del conde de Rumblar no disparó un tiro en defensa
de su patria. Los hijos de todas las familias nobles de Andalucía se han alistado ya en el ejército
de Castaños; tú irás también, con una escolta de criados, que armaré y mantendré a mis expensas
mientras dure la guerra.
Al decir esto, la marmórea cara de D.ª María no se inmutó; pero Asunción y Presentación
lloraron a moco y baba. El joven palpitó de entusiasmo al tomar parte en un juego que no
conocía, y que, visto de lejos, es muy bonito.
 
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