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Bailén

Tendrá el segundo lugar su hijo, joven de veinte años, niño aún por sus hábitos, su lenguaje, sus
juegos y su escasa ciencia. Era el único varón, y, por tanto, el mayorazgo de aquella noble casa,
cuyo origen, como el del majestuoso Guadalquivir, se remontaba a las fragosidades de la Sierra
de Cazorla, donde los primeros Afán de Ribera hicieron no sé qué hazañas durante la conquista
de Jaén. El joven D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio había sido educado conforme a sus altos
destinos en el mundo, bajo la dirección de un ayo, de que después hablaremos, y aunque era
voluntarioso y propenso a sacudir el cascarón de la niñez, arrastrando por el polvo de la
travesura juvenil el purpúreo manto de la primogenitura, su madre le tenía metido en un puño,
como suele decirse, y ejercía sobre él todos los rigores de su carácter. Verdad es que el
muchacho, con su instinto y buen ingenio, había descubierto un medio habilísimo para atacar la
severidad materna; y era que cuando su ayo o la Condesa no le hacían el gusto en alguna cosa,
poníase los puños en los ojos, comenzaba a regar con pueriles lágrimas los veinte años de su
cuerpo, y exclamaba: «Señora madre, yo me quiero meter fraile.» Estas palabras, esta resolución
del muchachuelo, que de ser llevada adelante troncharía implacablemente el frondoso árbol
mayorazguil, difundía el pánico por todos los ámbitos de la casa. Procuraban todos aplacarle, y
la madre decía: «No seas loco, hijo mío. Vaya, puedes montarte a caballo en la viga del patio, y
te permito que le pongas al gato las cáscaras de nuez en sus cuatro patitas.»
A estos dos personajes seguirán forzosamente las dos hijas de la Marquesa: dos pimpollos, dos
flores de Andalucía, lindas, modestas, pequeñas, frescas, sonrosadas, alegres, sin pretensiones, a
pesar de su nobleza, rezadoras de noche y cantadoras por la mañana; dos avecillas que
encantaban la vista con el aleteo de su inocente frivolidad y de cierta ingenua co quetería, de
ellas mismas ignorada. Eran pequeñas como el resedá; pero como el resedá tenían la seducción
de un aroma que se anuncia desde lejos, pues al sentirles los pasos se alegraba uno, y su
proximidad era aspirada con delicia. Asunción y Presentación eran dos angelitos con quienes se
deseaba jugar para verles reír, y para reírse uno mismo del grave gesto con que enmascaraban
sus lindas facciones cuando su madre les mandaba estar serias. La de menor edad era destinada
al claustro, y mientras acariciaba D.ª María la grandiosa idea de ponerla en las Huelgas de
Burgos, se acordó que tomara las lecciones necesarias para ser doctora, por lo cual el ayo de su
hermano había empezado a enseñarle la primera declinación latina, que aprendió en un
periquete, encontrando aquello muy bonito. La primera, esto es, Asunción, no tenía necesidad de
aprender nada, porque era destinada al matrimonio.
Y, por último, no quiero dejar en la obscuridad al ayo del joven D. Diego. Llamábanle
comúnmente D. Paco, y era un varón de gran sencillez y moderación en sus costumbres, aunque
algo pedante. Estaba él convencido de que sabía latín, y citaba a veces los autores más célebres,
aplicándoles lo que estos desgraciados no pensaron nunca en decir. ¡A tales imputaciones
calumniosas está expuesta la celebridad! También se preciaba D. Paco de enseñar a sus
discípulos acertadamente la historia antigua y moderna, aunque sabemos por documentos de
autenticidad incontestable, que en sus explicaciones nunca pasó más acá del arca de Noé. Era, sí,
muy fuerte en la vida de Alejandro el Grande, y podemos asegurar que poseía en altísimo grado
un arte que no a todos los mortales es dado cultivar con regular acierto. Don Paco era un gran
pendolista, que pudiera competir con esos colosos de la Caligrafía: Torío el Sublime y Palomares
el Divino, y hasta con el moderno Iturzaeta; habilidad que en parte había transmitido a su
discípulo, pues las planas del heredero de Rumblar llenaban de admiración al señor Obispo de
Guadix cuando iba a pasar unos días en la casa. Además, D. Paco era un hombre excelente, y
temblaba de miedo delante de la Condesa cuando ésta le achacaba las faltas del niño. Vestía de
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