Not a member?     Existing members login below:

Bailén

ocupa más que de chismes y trampantojos. Como que ayer las niñas de la bordadora en fino, que
vive en el cuarto número 8, llegaron pasito a pasito a nuestra puerta para oír lo que usted decía
cuando nos contaba con desaforados gritos lo que pasó allá en las Austrias en la batalla de
Pirrinclum, o no sé qué..., pues esos enrevesados nombres no se han hecho para mi lengua....
Esta mañana, cuando usted entró de la calle, la comadre del número 3 y la mujer del lañador,
dijeron: «Ahí va el pícaro flamasón que está en casa del Gran Capitán. Apuesto a que es espía de
la canalla, para ver lo que se dice en esta casa y contarlo a sus mercedes.» El mejor día nos van a
dar que sentir, porque como dice usted esas cosas, y tiene esos modos, y hace ascos de la comida
cuando tiene azafrán, y siempre saca lo que ha visto en las tierras de allá, le traen entre ojos, y
sabe Dios.... ¡Como aquí están tan rabiosos con lo del día 2!...
—Ya se aplacarán los humos de esta buena gente—dijo Santorcaz, apartando de sí escudilla y
cuchara—. Cuando se organicen bien los cuerpos de ejército y venga el Emperador en persona a
dirigir la guerra, España no podrá menos de someterse; y esto, que es la pura verdad, lo digo aquí
para entre los tres, de modo que no lo oigan nuestras camisas.
—España no se somete, no, señor, no se somete—exclamó de improviso el anciano,
quebrantando el voto de su antes silenciosa prudencia, y levantándose de la silla para expresar
con frases y gestos más desembarazados los sentimientos de su alma patriota—. España no se
somete, Sr. D. Luis de Santorcaz, porque aquí no somos como esos cobardes prusianos y
austriacos de que usted nos habla. España echará a los franceses, aunque los manden todos los
Emperadores nacidos y por nacer; porque si Francia tiene a Napoleón, España tiene a Santiago,
que es, además de general, un santo del Cielo. ¿Cree usted que no entiendo de batallas? Pues sí:
soy perro viejo, y callos tengo en los oídos de tanto oír el redoblar de los tambores y los tiros de
cañón.
—No te sofoques, Santiago—dijo apaciblemente la anciana—, que ya andas en los tres duros y
medio, y aunque yo creo como tú que España no bajará la cabeza, no es cosa de que te dé el
reuma en la cara por lo que hable este mala cabeza de Santorcaz.
—Pues lo digo y lo repito—añadió el viejo soldado—. ¡Venir hablándome a mí de cuerpos de
ejército, y de brigadas de caballería, y de cuadros...!
—¿En qué batallas se ha encontrado usted?—preguntó con sonrisa burlona Santorcaz.
—¡Que en qué batallas me encontré!—exclamó D. Santiago Fernández, cuadrándose ante su
interpelante y mirándole con el desprecio propio de los grandes genios que tienen puesta en duda
su superioridad—. ¿Pues no sabe todo el mundo que fuí asistente del señor marqués de Sarriá el
año 1762, cuando aquella famosa campaña de Portugal, la más terrible y hábil y estratégica que
ha habido en el mundo, así como también digo que después de Alejandro el Macedonio no ha
nacido otro marqués de Sarriá?... ¡Qué cosas tiene este caballerito! ¡Preguntar en qué acciones
me encontré! Aquélla fué una gran campaña, sí, señor: entramos en Portugal, y aunque al poco
tiempo tuvimos que volvernos, porque el inglés se nos puso por delante, se dieron unas
batallas..., ¡qué batallitas, mi Dios! Yo era asistente del Sr. Marqués, y todas las mañanas le
hacía los rizos y le empolvaba la peluca, de tal modo, que la cabeza de nuestro General parecía
un sol. Él me decía: «Santiago, ten cuidado de que los rizos vayan parejos, y que uno de otro no
discrepen ni el canto de un duro, porque no hay nada que aterre tanto al enemigo como la
conveniencia y buen parecer de nuestras personas.» ¡Y cuánto le querían los soldados! Como
que en toda aquella guerra apenas murieron tres o cuatro.
Remove