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Bailén

Llegamos por último a Bailén, y explicaré por qué nos detuvimos en esta villa algunos días. Allí
residía el ama de Marijuán, quien al presentarse a ella nos rogó que le acompañásemos, y esta
apreciable señora, que era doña María Castro de Oro de Afán de Ribera, condesa de Rumblar,
nos recibió con tanto agasajo, nos ponderó de tal modo la ruindad de las posadas y ventas de la
villa, que no tuvimos por conveniente hacernos de rogar y aceptamos la hospitalidad que se nos
ofrecía. La casa era grandísima y no faltaba hueco para nosotros, ni tampoco excelente comida y
bebida de lo más selecto de Montilla y Aguilar.
—A estas horas—nos dijo la Condesa—los franceses deben haber empeñado una acción con el
ejército de paisanos que dicen salió de Córdoba para defender el paso del puente de Alcolea. Si
ganan los españoles, los franceses retrocederán hacia Andújar, y como han de estar muy
rabiosos, cometerán mil atrocidades en el camino. No conviene que salgan ustedes de aquí, a no
ser que tengan intención, como mi hijo, de incorporarse al ejército que se está formando en
Utrera.
No eran necesarias tantas razones para convencernos. Nos quedamos, pues, en la ilustre casa; y
ahora, señores míos, con todo reposo voy a contaros puntualmente lo que recuerdo de aquella
mansión y de sus esclarecidos habitantes, destinados a figurar bastante en la historia que voy
refiriendo.
El palacio de Rumblar era un caserón del siglo pasado, de feísimo aspecto en su exterior, pero
con todas las comodidades interiores que alcanzaban los tiempos. Las altas paredes de ladrillo;
las rejas enmohecidas y rematadas en cruces; los dos escudos de piedra obscura que ocupaban
las enjutas de la puerta, cuyo marco apainelado y con vuelta de cordel parecía remontarse a fecha
más antigua que el resto de la casa; las dos ventanas angreladas junto a un mirador moderno; el
farol sostenido por pesada armadura de hierro dulce, en cuyo centro se retorcían algunas letras
iniciales y una corona dibujadas con las vueltas del lingote; las guarniciones jalbegadas
alrededor de los huecos; los pequeños vidrios, las celosías, y la diversidad y variedad de
aberturas practicadas en el muro, según las exigencias del interior, le asemejaban a todas las
antiguas mansiones de nuestros grandes, bastante desprendidos siempre para gastar en la fábrica
de los conventos el gusto y el dinero que exigían las fachadas de sus palacios. Por dentro
resplandecía el blanco aseo de las casas de Andalucía. Tenía gran sala baja, capilla, patio con
flores, habitaciones con zócalo de azulejos amarillos y verdes; puertas de pino, lustradas y
chapeadas; gran número de arcones, muchas obras de talla, cuadros viejos y nuevos, algunas
jaulas de pájaros, finísimas esteras, y, sobre todo, una tranquilidad, un reposo y plácido silencio
que convidaban a residir largo tiempo en aquella mansión.
Hablemos ahora de la familia de Afán de Ribera, o Perafán de Ribera, que en esto no están
acordes los cronistas. Ocupará el primer lugar en esta enumeración reverente la señora Condesa
viuda D.ª María Castro de Oro de Afán, etc., aragonesa de nacimiento, la cual era de lo más
severo, venerando y solemne que ha existido en el mundo. Parecía mayor de cincuenta años, y
era alta, gruesa, arrogante, varonil, usaba para leer sus libros devotos o las cuentas de la casa,
unos grandes espejuelos engastados en gruesa armazón de plata, y vestía constantemente de
negro, con traje que a las mil maravillas a su cara y figura convenía. Aquélla y ésta eran de las
que tienen el privilegio de no ser nunca olvidadas, pues su curva nariz, sus cabellos entrecanos,
su barba echada hacia afuera, y la despejada y correcta superficie de su hermosa frente, hacían
de ella un tipo cual no he visto otro. Era la imagen del respeto antiguo, conservada para educar a
las presentes generaciones.
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