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Bailén

porque el fuego, no saciado con devorar la habitación cercana, penetraba en aquélla con furia
irresistible.
En resumen: franceses y españoles se habían destrozado unos a otros con implacable saña; pero
al fin aquéllos creyeron prudente retirarse, como lo hicieron, no parando hasta Madridejos.
Cuando Santorcaz, Marijuán y yo seguimos nuestra marcha para hacer noche en Santa Cruz de
Mudela, el espíritu de los valerosos paisanos de Valdepeñas no había decaído, y tratando de
reparar los estragos de aquella sangrienta jornada, parecían capaces de repetirla al siguiente día.
De lejos y al caer de la tarde distinguíamos la columna de humo cubriendo el cielo de
vagabundas y sombrías ráfagas, y el aragonés y yo no pudimos menos de maldecir en voz alta y
expresivamente al tirano invasor de España. Contra lo que esperábamos, Santorcaz no nos
contestó una palabra, y seguía su camino profundamente pensativo.
IX
Al pasar la tierra, me reconocí completamente sano de mi anterior enfermedad. La influencia sin
duda de aquel hermoso país, el vivo sol, el viaje, el ejercicio, equilibraron al punto las fuerzas de
mi cuerpo, y respiraba con desahogo, andaba con soltura, sin sentir malestar alguno en mis
heridas. Todo rastro de dolor o debilidad desapareció, y me encontré más fuerte que nunca. Nada
de particular hallamos durante nuestro tránsito por las nuevas poblaciones, a no ser la inquietud
alarmante y los preparativos de defensa. En La Carolina y en Santa Elena escaseaban mucho los
hombres, porque la mayor parte habían ido a incorporarse a la legión formada por D. Pedro
Agustín de Echevarri, partida cuya base fueron los valerosos contrabandistas del país. Quedaba,
no obstante, en los desfiladeros de Despeñaperros bastante gente para detener todos o la mayor
parte de los correos, y en varios puntos, apostadas las mujeres o los chiquillos en lo escabroso de
aquellas angosturas, avisaban la proximidad del convoy para que luego cayeran sobre él los
hombres. También advertimos gran abandono en los primeros campos de pan que se ofrecieron a
nuestra vista, y en algunos sitios las mujeres se ocupaban en segar a toda prisa los trigos todavía
lejos de sazón. Cerca de Guarromán vimos grandes sementeras quemadas, señal de que había
comenzado allí su oficio la horrible tea del invasor.
Hasta entonces no había ocurrido ninguna colisión sangrienta entre imperiales y andaluces.
Éstos, al ver que de improviso, por entre los romeros y lentiscos de la sierra, desfilaban aquellos
soldados de la fábula, tan hermosos y al mismo tiempo tan justamente engreídos de su valor, no
volvieron de su asombro sino cuando los vieron desaparecer camino de Córdoba, y sólo
entonces, sintiendo requemadas sus mejillas por generosa vergüenza, cayeron en la cuenta de
que el suelo patrio no debía ser hollado por extranjeras botas. Los franceses encontraron el país
tranquilo, y creyeron llegar felizmente a Cádiz; pero bajo las herraduras de sus caballos iba
naciendo la hierba de la insurrección. Aquellos corceles no eran como el de Atila, que imprimía
sello de muerte a la tierra, sino que, por el contrario, sus pisadas, como un toque de rebato, iban
despertando a los hombres y convocándoles detrás de sí.
 
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