Not a member?     Existing members login below:

Bailén

y en los pueblos vecinos de Membrilla y la Solana no debían de quedar más que las mujeres y
los niños, porque hasta los inútiles viejos acudían a la guerra. Por último, resolvimos asistir
nosotros también al espectáculo que se preparaba en la vecina villa, y poniéndonos en marcha,
pronto recorrimos las dos leguas de camino llano. Mucho antes de llegar divisamos una gran
columna de humo que el viento difundía en el cielo. La villa de Valdepeñas ardía por los cuatro
costados.
Apretando el paso, oímos ya cerca del pueblo prolongado rumor de voces, algunos tiros de fusil,
pero no descargas de artillería. Bien pronto nos fué imposible seguir por el arrecife, porque la
retaguardia francesa nos lo impedía, y siguiendo el ejemplo de los demás paisanos, nos
apartamos del camino, corriendo por entre viñas y sembrados, sin poder acercarnos a la villa. En
esto vimos que la caballería francesa se retiraba del pueblo, ocupando el llano que hay a la
izquierda, y al mismo tiempo el incendio tomaba tales proporciones, que Valdepeñas parecía un
inmenso horno. Los gritos, los quejidos, las imprecaciones que salían de aquel infierno llenaban
de espanto el ánimo más esforzado.
Al punto comprendimos que el interior del pueblo se defendía heroicamente y que el plan de los
franceses consistía en apoderarse de los extremos, incendiando todas las casas que no pudiera
ocupar. De vez en cuando, un estruendo espantoso indicaba que alguno de los endebles edificios
de adobes había venido al suelo, y el polvo se confundía en los aires con el humo. Los
escombros sofocaban momentáneamente el fuego; pero éste surgía con más fuerza, cundiendo a
las casas inmediatas. Al fin pareció que todo iba a cesar, y, según dijeron los que estaban cerca,
habían salido del pueblo algunos hombres a conferenciar con el General francés. Mucho tiempo
debieron de durar las conferencias, porque no vimos que éstos se retiraran ni que concluyese el
ruido y algazara en el interior; pero al cabo de largo rato un movimiento general de la multitud
nos indicó que algo importante ocurría. En efecto; los franceses, replegando sus caballos en la
calzada, retrocedían hacia Manzanares.
Cuando entramos en Valdepeñas, el espectáculo de la población era horroroso. Parece increíble
que los hombres tengan en sus manos instrumentos capaces de destruir en pocas horas las obras
de la paciencia, de la laboriosidad, del interés, fuerzas acumuladas por el brazo trabajador de los
años y los siglos. La calle Real, la más grande de aquella villa, y como si dijéramos la columna
vertebral que sirve a las otras de engaste y punto de partida, estaba materialmente cubierta de
jinetes franceses y de caballos. Aunque la mayor parte eran cadáveres, había muchos gravemente
heridos que pugnaban por levantarse; pero clavándose de nuevo en las agudas puntas del suelo,
volvían a caer. Sabido es que bajo las arenas que artificiosamente cubrían el pavimento de la vía,
el suelo estaba erizado de clavos y picos de hierro, de tal modo que la caballería iba tropezando y
cayendo conforme entraba para no levantarse más.
A la calle se habían arrojado cuantos objetos mortíferos se creyeron convenientes para hostilizar
a los dragones, y aun después del combate surcaban la arena turbios arroyos de agua hirviendo,
que, mezclada con la sangre, producía sofocante y horrible vapor. En algunas ventanas vimos
cadáveres que pendían con medio cuerpo fuera, apretando aún en sus crispados dedos la hoz o el
trabuco. En el interior de las casas que no eran presa de las llamas, el espectáculo era más
lastimoso, porque no sólo los hombres, sino las mujeres y niños, aparecían cosidos a
bayonetazos en las cuevas, y si se trataba de entrar en alguna casa, por dar auxilio a los heridos
que lo habían menester, era preciso salir a toda prisa, abandonándoles a su desgraciada suerte,
Remove