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Bailén

blancos, como disputándose el mayor avance de la carrera. Las recortaduras, varias hasta lo
infinito, de las nubes hacían visajes de distintas formas: vi colosales sombreros o morriones con
plumas, penachos, bandas, picos, testuces, colas, crines, garzotas; aquí y allí se alzaban manos
con sables y fusiles, banderas con águilas, picas, lanzas, que corrían sin cesar; y al fin, en medio
de toda esa baraúnda, se me figuró que aquellas mil formas se deshacían, y que las nubes se
conglomeraban para formar un inmenso sombrero apuntado de dos candiles, bajo el cual los
difuminados resplandores de la luna como que bosquejaban una cara redonda y hundida entre
altas solapas, desde las cuales se extendía un largo brazo negro, señalando con insistente fijeza el
horizonte.
Yo contemplaba esto, preguntándome si la terrible imagen estaba realmente ante mis ojos, o
dentro de ellos, cuando Santorcaz exclamó de improviso:
—¡Miradle, miradle allí! ¿Le veis? ¡Estúpidos! ¡Y queréis luchar con este rayo de la guerra, con
este enviado de Dios que viene a transformar a los pueblos!
—¡Sí, allí lo veo!—exclamó Marijuán, riendo a carcajadas—. Es D. Quijote de la Mancha que
viene en su caballo, y tras él Sancho Panza en burro. Déjenlo venir, que ahora le aguarda la gran
paliza.
Las nubes se movieron, y todo se tornó en caricatura.
VIII
El sol no tardó en salir, aclarando el país y haciendo ver que no estábamos en Moravia, como
vamos de Brunn a Olmutz, sino en la Mancha, célebre tierra española.
El pueblo donde paramos a eso de las ocho de la mañana era Villarta; y dejando allí nuestros
machos, tomamos unas galeras que en nueve horas nos hicieron recorrer las cinco leguas que hay
desde aquel pueblo a Manzanares: ¡tal era la rapidez de los vehículos en aquellos felices
tiempos! Cuando entrábamos en esta villa al caer de la tarde, distinguimos a lo lejos una gran
polvareda, levantada al parecer por la marcha de un ejército, y dejando los perezosos carros,
entramos a pie en el pueblo para llegar más pronto, y saber qué tropas eran aquéllas y adónde
iban.
Allí supimos que eran las del general Ligier-Belair, que iba en auxilio del destacamento de Santa
Cruz de Mudela, sorprendido y derrotado el día anterior por los habitantes de esta villa. En la de
Manzanares reinaba gran inquietud; y una vez que los franceses desaparecieron, ocupábanse
todos en armarse para acudir a socorrer a los de Valdepeñas, punto donde se creía próximo un
reñido combate. Dormimos en Manzanares, y al siguiente día, no encontrando ni cabalgaduras ni
carro alguno, partimos a pie para la venta de la Conso lación, donde nos detuvimos a oír las
estupendas nuevas que allí se referían.
Transitaban constantemente por el camino paisanos armados con escopetas y garrotes, todos
muy decididos, y según la muchedumbre de gente que hacia Valdepeñas acudía, en Manzanares
 
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