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Bailén

manda que la artillería de la Guardia dispare algunos cañonazos sobre el hielo para que se hunda,
y entre los desmenuzados cristales caen al agua dos mil rusos con sus cañones, caballos,
pertrechos, armas, municiones y carros, precipitándose confusamente, sin que sus compañeros
les prestaran socorro, porque no pensaban más que en huir, y huyendo se ahogaban, y
quedándose morían barridos por la metralla francesa. ¡Qué espantoso desastre para aquella pobre
gente, y qué gran victoria para nosotros! Estábamos locos de entusiasmo. ¡Pero qué veo! Gabriel,
y tú, Marijuán, ¿no os entusiasmáis? Sois unos gaznápiros. Aquello fué prodigioso. Sólo
entramos en fuego cuarenta mil hombres, y merced a las hábiles disposiciones del gran tirano,
derrotamos a noventa mil aliados, matándoles o ahogando quince mil, cogiendo veinte mil
prisioneros y ciento veinte cañones. ¿No había motivo para que nos volviéramos locos con
nuestro jefe? ¡Ah, muchachos, si hubierais estado allí cuando recorrió el campo de batalla
mandando recoger los heridos! Creo que hasta los muertos se levantaban para gritar «¡Viva el
Emperador!», y cuando a la noche siguiente encendimos una gran hoguera en este mismo sitio
donde ahora estamos, y vino él a situarse allí enfrente para recibir al Emperador de Austria,
parecía un dios rodeado de aureola de fuego y teniendo al alcance de su mano los rayos con que
destruía tronos y reyes, imperios y coronas.
Marijuán y yo nos reíamos; pero pronto nos fué forzoso disimular nuestra hilaridad, porque
habiendo preguntado el joven aragonés con mucha sorna que cuál fué la ventaja sacada de tal
lucha, Santorcaz se amoscó, y amenazando castigarnos si no nos entusiasmábamos como él, nos
dijo:
—Mentecatos, podencos, ¿acaso la paz y Tratado de Presburgo es paja? Prusia quedó aliada de
Francia, perdiendo Austria el apoyo de su hermana. Austria abandonó a Francia el Estado de
Venecia y cedió el Tirol a Baviera, reconociendo al mismo tiempo la soberanía de los electores
de Baviera, Wurtemberg y Baden, después de pagar a Francia cuarenta millones de
indemnización de guerra. Al mismo tiempo, pedazos de alcornoque, por el Tratado de
Schöenbrunn, Francia cedió a Prusia el Hannover, Prusia a Baviera el marquesado de Anspach y
a Francia el principado de Neufchâtel y el ducado de Cleves.
Marijuán y yo volvimos a mirarnos y nos volvimos a reír, lo cual, advertido por Santorcaz, fué
causa de que éste nos sacudiera un par de latigazos que, a ser repetidos, nos habrían obligado a
defendernos, haciendo allí mismo un segundo Austerlitz. Más bien estábamos para burlas que
para veras, y Marijuán especialmente no dejaba pasar coyuntura en que pudiera zaherir a nuestro
compañero. Como acertáramos a encontrar un rebaño de ovejas y cabras, dijo el aragonés:
—Apartémonos aquí junto al charco para ver de derrotar a estos austriacos y rusiacos, que
vienen mandados por el tío Parranclof, emperador del Zurrón y rey de los guarros, y subamos a
la loma de la Panza para quitarles la artillería y hacerles meter en el castillo.
Yo en tanto, acordándome de D. Quijote, contemplaba el cielo, en cuyo sombrío fondo las
pardas y desgarradas nubes, tan pronto negras como radiantes de luz, dibujaban mil figuras de
colosal tamaño, con esa expresión que, sin dejar de ser cercana a la caricatura, tiene no sé qué
sello de solemne y pavorosa grandeza. Fuera por efecto de lo que acababa de oír, fuera
simplemente que mi fantasía se hallase por sí dispuesta a la alucinación, que siempre produce un
bello espectáculo en la solitaria y muda noche, lo cierto es que vi en aquellas irregulares
manchas del cielo veloces escuadrones que corrían de Norte a Sur, y en su revuelta masa las
cabezas de los caballos y sus poderosos pechos, pasando unos delante de otros, ya negros, ya
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