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Bailén

—Muchachos, no puedo olvidar aquella célebre jornada, que llamamos de los Tres Emperadores,
y que es sin duda la más sangrienta, la más gloriosa, la más hábil con que ha ilustrado su nombre
el gran tirano, ese hombre casi divino, a quien ahora puedo nombrar a boca llena, porque no nos
oyen más que el cielo y la tierra. Os contaré, muchachos, para que sepáis lo que es el hacha de la
guerra en manos de ese leñador de Europa. Yo me hallaba en París sin recursos, después de
haber sido sucesivamente maestro de latín, pintor de muestras, corista en Ventadour, espadachín,
servidor de los emigrados de Coblentza, postillón de diligencias, carbonero y cajista de imprenta,
cuando senté plaza en el ejército de Boulogne, destinado a dar un golpe de mano contra
Inglaterra.... Cuando el Emperador nos trasladó de improviso, sin revelar su pensamiento, al
centro de Europa, estábamos un tanto amoscados, porque las violentas marchas nos mortificaban
mucho, y como éramos unos zopencos, no comprendíamos los grandes planes de nuestro jefe.
Pero después de la capitulación de Ulm, nos creíamos los primeros soldados del mundo, y al
hablar de los prusianos y de los rusos, nos reíamos de ellos, juzgándoles hasta indignos de
nuestras balas. Cuando pasamos el Inn, ya presumíamos que se preparaban grandes cosas; al
internarnos en la Moravia, después de la acción de Hollabrünn, comprendimos que el ejército
ruso-austriaco nos iba a presentar batalla formal. Lo que no estaba reservado a nuestras cabezas
era el discurrir si tomaríamos la ofensiva o si operaríamos a la defensiva. Pero la gran cabeza,
aquella que tiene un mechón en la frente y el rayo en el entrecejo, lo iba a decidir bien pronto.
A este punto llegaba, cuando el camino por que marchábamos torció hacia la derecha,
describiendo una gran vuelta, de modo que formaba ángulo recto con su primitiva dirección.
Santorcaz, nuevamente alucinado con aquello que parecía para él extraordinaria coincidencia,
prosiguió así:
—¿Pero no es éste el camino de Olmutz? Gabriel, o esto es aquello mismo, o se le parece como
una gota a otra gota. Mira, ahora tenemos enfrente los pantanos de Satzchan y a nuestra
izquierda la colina de Pratzen. Mira hacia allá. ¿No se oye ruido de tambores? ¿No se ven
algunas luces? Pues allí están los rusos y los austriacos. ¿Sabes cuál es su intención? Pues
quieren cortarnos el camino de Viena, para lo cual tendrán que bajar de la colina de Pratzen y
situarse entre nuestra derecha y los pantanos. ¡Mira si son estúpidos! Eso precisamente es lo que
quiere el Emperador, y todo lo dispone de modo que parezca que nos retiramos hacia Viena.
Figúrate que aquí está nuestro ejército, compuesto de setenta mil hombres, cuyo inmenso frente
ocupan todas las colinas de la izquierda, el camino y parte de la llanura que hay a la derecha. El
Emperador, después de llenarse las narices de tabaco, sale a media noche a recorrer el campo y
observar los movimientos del enemigo. ¿Veis?; por allí va. ¿No se oyen las pisadas de su caballo
y los gritos de entusiasmo con que le saludan los soldados? ¿No se ve el resplandor de las
hogueras que encienden a su paso? ¿Pero ustedes no ven todo esto? ¡Bah! Es ilusión mía; pero
de tal modo aviva mis recuerdos la similitud del paisaje, que me parece ver y oír lo que estoy
contando.... Pero querréis saber cómo fué que vencimos a los rusos y a los austriacos, y os lo voy
a referir. Al amanecer, ¡oh, chiquillos!, los rusos bajaban maquinalmente por aquella alta colina
de enfrente, con objeto de venir hacia nuestra derecha para cortarnos el camino. No olvidéis que
aquí delante tenemos un arroyo que viene serpenteando de izquierda a derecha hasta perderse en
los pantanos. El Emperador manda que la derecha pase el arroyo, y verificado esto, los rusos la
atacan. El centro, mandado por Soult, y la izquierda por Lannes, ansiaba entrar en fuego; pero el
Emperador contenía el ardor de aquellos generales, para aguardar a que los rusos acabasen de
cometer el desatino de bajar de las alturas de Pratzen para meterse en la madre del arroyo de
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