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Bailén

con el cual hubo de conferenciar más de dos horas. Despidióse al cabo, dejando a la madamita en
la casa.
El hermano de la Sra. Marquesa, que no era otro que aquel festivo diplomático a quien
conocimos en octubre de 1807, partió el día 4 para Córdoba a unirse con su hermana y sobrina,
y, ¡cosa rara!—me dijo aquel curioso servidor—, se llevó consigo a la jovenzuela.
—¿De suerte que ahora están todos en Córdoba?—le pregunté.
—Sí, y según noticias, no piensan venir hasta que no se acaben estas cosas. Eso de la señorita
que trajeron en la litera ha dado mucho que hablar a la servidumbre, y dice mi mujer..., pero más
vale callar. El hombre aquél de las antiparras verdes había estado ya algunos días aquí, y unas
veces la Sra. Condesa, otras su tía, le recibían. Mal hombre parece.
—¿Y la joven no hizo resistencia cuando quisieron llevársela?
—Si parecía muerta, ¿qué resistencia podía hacer? Como que tuvimos que cargarla entre dos
para ponerla en el coche....
Ignoro si esto que oí y puntualmente refiero llamará la atención de mis lectores; pero lo que sí
les ha de causar sorpresa, ¡qué digo sorpresa!, asombro grandísimo, es el saber que me atreví a
desafiar las iras del licenciado Lobo, del mismo Lobo de marras, no vacilando en arriesgarlo
todo por esclarecer lo que tan hondamente me inquietaba. No queriendo aparecer ni aun en
sombra por la aborrecida calle de la Sal, busquéle allá por la Alcaldía de Casa y Corte, donde
con toda seguridad pensaba encontrarle, y al punto que me vió.... No, no es verosímil, no lo van
ustedes a creer. ¿Necesitaré jurarlo? Pues lo juro: juro que es la pura verdad. Pues bien: al pronto
que me vió, echóme los brazos al cuello, demostrando gran interés por mi persona, y no sólo me
pidió nuevas acerca de mi salud, sino que me rogó le contase algunos pormenores de mi
fusilamiento y para él milagrosa resurrección.
Quedéme atónito, aunque no tranquilo, presumiendo que tan desusadas blanduras serían obra de
su refinada astucia y preparación de algún nuevo golpe contra mí; pero cuando le pregunté por el
estado en que se hallaba el proceso célebre, respondióme que ya no se pensaba en tal cosa,
porque como los franceses eran amigos del Príncipe de la Paz, no convenía molestar a los
servidores y amigos de éste.
—No quiero—añadió—que Su Alteza el Gran Duque se amosque. Aquello fué una broma, y de
haberte prendido, al punto hubieras sido puesto en libertad. Pero di, picarón..., ¿conque tú eras
galán de D.ª Inés? Cuéntame todo: ¿dónde la conociste? ¡Ah, bien comprendía Requejo que
guardaba un tesoro en su casa! Yo lo sabía todo..., ¿y tú?; sospecho que también, perillán. Pero
no sabías que a fines del mes de abril se acordó en consejo de familia recoger e identificar a esa
jovencita para darle la posición que le corresponde. Como yo estaba al tanto de todo, y además
tenía el honor de conocer a la Sra. Marquesa, comprometíme a entregarla, haciéndoles creer que
había grandes dificultades para arrancarla del poder de los parientes de su supuesta madre. Hijo,
es preciso hacer algo por la vida: considera que es uno un pobre, con mujer, nueve hijos, dos
suegras y tres cuñadas; dos suegras, sí señor, la madre y la abuela de mi mujer, y si uno no se da
maña para mantener a este familión.... La verdad es que a todos les di cordelejo: a D. Mauro, al
papanatas de Juan de Dios, y a ti mismo, que ahora resucitas para pedirme a Inés. ¿Pero la
amabas tú? Anda, zanguango, cortéjala, a ver si logras casarte con ella, lo cual, aunque difícil, no
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