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Bailén

En el fondo de aquella grande agitación, y entre tantos recelos, había un secreto júbilo, pues
como un día y otro llegaban noticias de nuevos levantamientos, todos consideraban a los
franceses como puestos en el vergonzoso trance de retirarse. Aquel júbilo, aquella confianza,
aquella fe ciega en la superioridad de las heterogéneas y discordes fuerzas populares, aquel
esperar siempre, aquel no creer en la derrota, aquel no importa con que curaban el descalabro,
fueron causa de la definitiva victoria en tan larga guerra, y bien puede decirse que la estrategia,
la fuerza y la táctica, que son cosas humanas, no pueden ni podrán nunca nada contra el
entusiasmo, que es divino.
Como era natural, las noticias, del levantamiento se exageraban locamente, y el delirio popular
veía miles de hombres donde no había sino centenares. Cuando las noticias venían de Bayona,
eran objeto de sistemático desprecio, y las disposiciones del palacio de Marras, así como la
convocatoria de irrisorias Cortes en la ciudad del Adour, y el pleito homenaje por algunos
grandes tributado a Bonaparte, daban pábulo a sátiras sangrientas. Cuando alguno decía que
vendría de rey a Madrid el hermano de Napoleón, daba pie para las más ingeniosas
improvisaciones del género epigramático.
Todas las tertulias, que entonces eran muchas, pues la sociedad no se desparramaba aún por los
cafés, eran, digámoslo así, verdaderos clubs donde latía sorda y terrible la conspiración nacional.
Se conspiraba con el deseo, con las noticias, con las sospechas, con las hipérboles, con las
sátiras, con verdades y mentiras, con el llanto tributado a los muertos y las oraciones por el
triunfo de los vivos.
V
Tal era Madrid a fines de mayo de 1808, antes de que sonaran los primeros cañonazos de
Cabezón y los primeros tiros del Bruch. Dicho esto se me permitirá que hable un poco de mi
persona, pues atendiendo a que la desgracia halla siempre eco en toda persona discreta y
sensible, creo que no soy saco de paja a los ojos de mis lectores, y que algún interés les inspiran
los penosos trances de mi borrascosa existencia. Necesito, además, explicar por qué causas
emprendí mi viaje a Andalucía entre mayo y junio; y si de buenas a primeras me presentara
camino de Despeñaperros en compañía del desconocido Santorcaz, ustedes no acertarían a
explicarse ni los móviles de jornada tan peligrosa, ni mi repentino acomodamiento con aquel
hombre singular.
Es, pues, el caso que, no satisfecho con las noticias que acerca de Inés me dió Juan de Dios, traté
de averiguar la verdad y tuve la feliz ocurrencia, mejor dicho, la inspiración, de presentarme en
casa de la Marquesa, a quien no hallé; mas quiso la Divina Providencia que un criado, conocido
mío desde la famosa noche de la representación, me saliera al encuentro, y después de mostrarse
muy obsequioso, satisficiera mi curiosidad sobre aquel punto. Según me dijo, el mismo día 3 de
mayo se presentó allí un hombre de antiparras verdes, el cual conducía dentro de una litera a
cierta joven llorosa y al parecer enferma. No encontrando a la señora, preguntó por su hermano,
 
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