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Bailén

Todo mi afán consistía en restablecerme completamente para poder salir a la calle; y cuando lo
conseguí, tuve el gusto de darme a conocer a todos mis amigos como un verdadero resucitado, o
alma del otro mundo que vuelve con forma corporal a cobrar deudas atrasadas.
No tendrán ustedes idea del aspecto que ofrecía entonces Madrid si no les digo que la gente toda
andaba azorada y aturdida, a veces llena de miedo, a veces haciendo esfuerzos para disimular su
alegría. El odio a los franceses no era odio: era un fanatismo de que no he conocido después
ningún ejemplo; un sentimiento que ocupaba los corazones por entero sin dejar hueco para otro
alguno; de modo que el amar a los semejantes, el amarse a sí mismo, y hasta me atrevo a decir el
amar a Dios, se adaptaban y sometían como fenómenos secundarios al gran aborrecimiento que
inspiraban los verdugos del pueblo de Madrid.
A éstos se les veía solos en todos los sitios: su presencia hacía detener o apresurar a los
transeúntes; y era tan extraordinario este desvío, que hasta parecían ellos mismos afectados de
profundo pesar, y se les observaba taciturnos y foscos, sintiendo que el suelo les quemaba las
plantas de los pies. Habían llenado de trincheras y baterías el Retiro, y para ver en todo su
orgullo y presunción a los invasores, no había más que dirigir el paseo hacia Oriente, y se les
encontraba en grandes grupos alrededor de las cantinas, o paseando por la carretera de Aragón.
Ningún español se encaminaba hacia allí, a no ser los granujas, que, entonces como ahora,
gustaban de meter las narices en todas partes. Llevado de mi curiosidad, me acerqué al Retiro, y
también recorrí otros sitios hacia el Mediodía, igualmente ocupados como posiciones ventajosas.
En el interior de Madrid las tiendas estaban desiertas, pues todas las personas que se juntaban
para pedir o comunicar noticias se reunían en parajes ocultos, siendo de notar que ya entonces
comenzaban a dar sus primeras señales de vida las sociedades secretas, aunque yo no vi ninguna,
y digo esto sólo con referencia a vagos rumores. Como el afán por tener noticias relativas al
levantamiento de las provincias era una fiebre de que no estaban exentos ni los niños, ni los
ancianos, ni las mujeres, cuando se sabía que D. Fulano de Tal había recibido una carta de
Andalucía, de Galicia o de Cataluña, la casa se llenaba de amigos, y hasta los desconocidos se
permitían invadirla ruidosamente para no esperar a que se les contara el gran suceso. Sacábanse
copias de las cartas que hablaban de la Junta de Sevilla y de la sublevación de las tropas de San
Roque, y aquellas copias circulaban con una rapidez que envidiaría la moderna Prensa periódica.
Todos los días y a todas horas se hablaba de los oficiales que habían huído de Madrid para unirse
a los ejércitos de Cuesta o de Blake, y cuando se tropezaba con un militar o con algún joven
paisano de buen porte y bríos, no se le hacia otra pregunta que ésta: «¿Usted cuándo se va?» Las
familias de las víctimas se habían olvidado ya de rezar por los muertos, y pensaban en equipar a
los vivos. Escaseaban los jornaleros y menestrales, porque de los barrios bajos partían
diariamente muchos hombres a engrosar las partidas de Toledo y la Mancha; y a pesar de los
brutales bandos del General francés, ni faltaban armas en las casas, ni los fugitivos partían con
las manos vacías.
Los invasores, que vigilaban el odio de la capital con la suspicacia medrosa del que ha padecido
sus terribles efectos, no permitían, siendo tan grande su número y fuerza, que se manifestara lo
que los madrileños pensaban y sentían; pero aun así, ¡cuántos cantares, cuan tas jácaras,
romances y décimas brotaron de improviso de la vena popular, ya amenazando con rencor, ya
zahiriendo con picantes chistes a los que nadie conocía sino por el injurioso nombre de la
canalla!
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