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Bailén

táctica, el genio de un jefe experto, para decidir la victoria? Es triste cosa haber llegado a tal
extremo por las torpezas de nuestros reyes; pero una vez aquí, no hay más remedio que
someterse a lo que la Providencia ha querido hacer de nosotros. España no puede resistir la
invasión, porque si la resistiera haría un milagro, una sobrenatural hazaña nunca vista.
Condenada a ser de Napoleón y a ver sentado en su trono a un rey de la familia imperial, lo más
cuerdo es resignarse a ésta con la conciencia de haberla merecido.
—¡Que España será francesa, que España será de Napoleón!—exclamó el Gran Capitán,
encendido en violenta ira—. Sr. de Santorcaz, usted es un insolente, usted es un deslenguado,
usted no tiene respeto a mis canas. Ya, ¿qué se puede esperar de un trapisondista calavera, como
usted, que abandonó a su familia por irse a extranjis a aprender malas mañas? ¡Decir que España
ha de ser francesa! Salga usted de mi casa, y no ponga más los pies en ella. ¿Qué te parece,
Gregoria? Mujer, ¿te estás con esa calma y no bufas de cólera como yo?
Y levantándose de su asiento, indicó a Santorcaz con majestuoso gesto la puerta de la sala; mas
como D. Luis no tuviera humor de marcharse, porque todos los días se repetía la misma escena
sin resultado alguno, preparábase a comer tranquilamente, dejando que se desvaneciera, como
efectivamente se desvaneció, sin efusión de sangre, la ira de su honrado amigo. Durante la
comida gruñó un poco D. Santiago; pero la prudencia y discreción de su esposa evitaron un
choque que pudo haber tenido calamitosas consecuencias.
IV
Lo que he contado pasaba el 20 de mayo, si no me engaña la memoria. Poco a poco fuí
avanzando en mi convalecencia, y en pocos días me hallé ya con fuerzas suficientes para
levantarme y dar algunos paseos por los grandes corredores de la casa, pues la vivienda del Gran
Capitán tenía como único desahogo el largo pasillo, en cuya pared se abrían hasta veinte puertas
numeradas, albergues de otras tantas familias. Peor que mi cuerpo se hallaba mi alma, llena de
turbaciones, de sobresaltos y congojas, tan apenada por terribles recuerdos como por angustiosas
presunciones, de tal modo, que mi pensamiento corría de lo pasado a lo futuro alternativamente,
buscando en vano un poco de paz.
La muerte del cura de Aranjuez, sin dejar de formar en mi alma un gran vacío, me era menos
sensible de lo que a primera vista pudiera parecer, porque conceptuándola yo como tránsito que
había llevado un nuevo santo a las falanges del Paraíso, consideré a mi amigo en su verdadero
lugar, y no tan lejos de nosotros que pudiera desampararnos si le invocábamos.
En cuanto a Inés, no dudaba que existía en poder de alguien que la protegiera por encargo de los
parientes de su madre; y aunque para esta creencia no tenía más dato que la relación del
alucinado Juan de Dios, yo me confirmaba cada vez más en ella, fundándome en antecedentes
que omito por ser de mis lectores conocidos, y en la sórdida avaricia del licenciado Lobo,
carácter muy abonado para apoderarse de la joven y entregarla, mediante una buena recompensa,
a quien deseaba poseerla.
 
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