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Bailén

—¿A que no sabe usted lo que yo sé?—añadió Santorcaz—. ¿A que no sabe usted que el general
Dupont, que estaba en Toledo, ha recibido orden de marchar a Andalucía, y que Moncey sale
mañana de aquí para Valencia, y que Lefebvre, que está en Pamplona, irá pronto sobre la capital
de Aragón; que Duhesme se extenderá por Cataluña, y que Bessières baja hacia Valladolid a
toda prisa con las divisiones de Lasalle y de Merle?
—¡Cómo se conoce que usted escupe en corro con la canalla! ¿Y cómo están sus mercedes del
estómago? ¿Se han hecho al fin al vino de España? Y el Gran Duque de Berg, ¿cómo anda de
sus calenturas? ¿Hay mieditis? Porque yo tengo para mi que si a esos señores se les caen los
calzones es porque, como dijo el otro, al que mal vive, el miedo le sigue. Yo, en verdad, no sabía
lo que usted acaba de decir; pero allá en la oficina oí decir otras cosillas que no sé si sonarán
bien en las orejas de la canalla. ¿Por qué no va mi Sr. D. Luis a contárselas, a ver si con el gusto
se les quita el destemple?
—¿Qué noticias son ésas?
—Nada, poca cosa. Cuando el francés las sepa, verá usted qué contento se pone.... Que en todas
las ciudades se han nombrado o se van a nombrar Juntas, las cuales no harán caso de lo que se
mande en Bayona, sino que....
—Pero si Fernando VII no es ya rey de España, porque ha cedido sus derechos al Emperador, lo
mismo que Carlos IV. ¿Qué son esas Juntas más que cuadrillas de insurgentes?
—Sí..., pues que las quiten; es cosa fácil. ¡Demonios de Juntas! Y las muy simples están
formando unos ejércitos..., cosa de juego, señor de Santorcaz; cuatro gatos que estaban ahí en el
Campo de San Roque con unos cuantos cañoncillos.... Y también han dado en armarse los
paisanos, lo mismo en Castilla que en Cataluña, así en Valencia como en Andalucía.... Pero eso
no vale nada; son hombres de alfeñique y alcorza, y no digo yo con balas, con saliva les
destruirán los franceses.
—¿Y todo lo que sabe usted se reduce a que la Junta de Sevilla está formando un ejército con las
tropas de San Roque, que manda Castaños, y las de Granada, que están a las órdenes de Reding?
Pues eso lo sabe todo Madrid.
—Mira, Fernández—dijo oficiosamente doña Gregoria—, haces mal en revelar lo que sabes por
tan buen conducto, porque yo no soy lerda para conocer que lo que hace nuestro ejército no debe
decirse. Y si no, pongo por caso: si tú, que estás enterado de todo, a causa de tu gran tino para la
guerra, descubres lo que hace el ejército de Andalucía y llega a oídos del francés, puede
aprovecharse de la noticia, y entonces....
—¡Qué ha de aprovecharse, mujer, ni qué entiendes tú de estas cosas! Al contrario, yo quiero
que el Sr. de Santorcaz vaya con el cuento. Y también en Castilla....
—Otro ejército, sí, compuesto de Guardias de Corps, acostumbrados a hacer la guerra en los
palacios, de estudiantes, de paletos y contrabandistas—dijo Santorcaz, dando tregua a las bromas
y hablando con completa seriedad—. Es una desgracia para nosotros el tener que confesar que
no podemos batirnos con los franceses. ¿Qué importa que se armen multitud de paisanos, si esas
turbas indisciplinadas, antes que ayuda, serán elemento de ruina para el escaso ejército español?
¿Qué obstáculo pueden ofrecer a los que han sometido la Europa entera estos infelices
alucinados, a quienes engaña su ignorancia? ¿Tienen idea de lo que significan la previsión, la
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