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Bailén

ponerse en camino hacia Madrid, adonde con vuestra venía pienso acompañarlas, atended un
poco más.
El mismo día 22 encontré a Santorcaz, puesto ya al frente de su partidilla, la cual, como he
dicho, estaba formada de lo mejorcito del país. Les digo a ustedes que tropa más escogida que
aquélla no la capitanearon los famosos caballistas José María y Diego Corrientes.
—¿Va usted ya de marcha?—le pregunté.
—Sí; dispusieron que fuera alguna fuerza de paisanos a guardar el paso de Despeñaperros, y yo
solicité esa comisión, que me agrada mucho. Allá voy con mi gente. ¿Quieres venir? ¿Has estado
en casa de Rumblar?
—De allá vengo.
—¿Y esa familia que está ahí es la de la novia de D. Diego?
—Justamente.
—Creo que van todos para Madrid.
—Así parece.
—¿No sabes cuándo?
—Según he oído, pasado mañana. Esperan saber lo de la capitulación para llevar la noticia.
—¿Conque pasado mañana? Bien.... Adiós. ¿Quieres venir en mi partida?
—Gracias; adiós.
Les vi partir, y todo el día y toda la noche estuve pensando en aquella gente.
Yo no vi el triste desfile de los ocho mil soldados de Dupont cuando entregaron sus armas ante
el general Castaños, porque esto tuvo lugar en Andújar. A pesar de que la primera y segunda
división habían sido las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendición fué
otorgada a la tercera y a la de reserva, por una de esas injusticias tan comunes en nuestra tierra,
lo mismo en estos días de vergüenza que en aquellos de gloria. Por delante de nosotros
desfilaron las tropas de Vedel, en número de nueve mil trescientos hombres, y dejando sus armas
en pabellón, nos entregaron muchas águilas y cuarenta cañones.
Les mirábamos y nos parecía imposible que aquéllos fueran los vencedores de Europa. Después
de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde
mejor les pareció, desbaratando imperios y haciendo con tronos y reyes un juego de títeres,
tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del
mundo desde la expulsión del islamismo. Su caída hizo estremecer de gozosa esperanza a todas
las naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa resonó en Europa tanto como aquella derrota,
que fué, sin disputa, el primer traspiés del Imperio. Desde entonces caminó mucho, pero siempre
cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja,
con las uñas y con los dientes, probaría, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero
que las naciones son invencibles.
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