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Bailén

Allons, enfants de la patrie,
le jour de gloire est arrivé!
Contre nous de la tyrannie
l'étandart sanglant est levé!
Asunción y Presentación reían como locas y D.ª María no dijo nada. Ninguno de la familia había
entendido una palabra.
—Es bonita la canción—dijo D. Paco—; pero no la comprendemos.
Entonces el diplomático levantóse ceremoniosa y gravemente, y tomando un tono de hombre
severo habló así:
—¿Sabe usted lo que está cantando? Pues está cantando la Marsellesa, esa canción impía y
sanguinaria, señores; esa canción que acompañó al suplicio a todos los mártires de la
Revolución, incluso Luis XVI, mi querido amigo..., porque han de saber ustedes que Luis XVI y
yo teníamos muchas bromas y nos echábamos el brazo por el hombro, paseándonos por
Versalles.... ¡La Marsellesa, señores, la Marsellesa! También acompañó al cadalso a María
Antonieta ... ¡y qué buena era aquella señora! ¡Cuántas veces la vi marcando pañuelos en una
ventana baja del pequeño Trianon! ¡Cómo me quería!... En fin, este joven me ha horripilado con
la tal tonadilla.... Señora Condesa, ¿está usted indispuesta? ¿Y tú, hermana? ¡El caso no es para
menos! Hija mía, ¿estás nerviosa? ¿Te has puesto mala? ¿Te causa miedo esa canción?
Inés le contestó que no tenía pizca de miedo. En tanto, D.ª María, no pudiendo resistir más, salió
del cuarto con sus hijas. Desconcertóse al punto aquella ilustre reunión, y luego no quedó en la
sala más que la familia de Inés con D. Diego. Al poco rato tuvo lugar una escena lamentable, y
fué que D.ª María, ciega de furor, y necesitando desahogar aquella tormenta de su espíritu sobre
alguien, descargó su enojo al fin; ¿pero sobre quién?, dirán ustedes.... Sobre las dos inocentes
niñas, sobre los dos angelitos celestiales, Asunción y Presentación. ¿Y todo por qué? Porque
entusiasmadillas con la llegada de su hermano, habían dejado de hacer no sé qué cosa
encomendada a sus tiernas manos. ¡Pobres pimpollitos! La dignidad impedía a mi señora
Condesa castigar al primogénito delante de la novia y del suegro, y era forzoso que pagaran el
pato las dos niñas desheredadas. Yo las ví llorando como unas Magdalenas y soplándose las
palmas de las manos, escaldadas por aquel fatídico instrumento de cinco agujeros que pendía de
fatal espetera en el despacho de D. Paco. Las pobrecillas estuvieron a moco y baba todo el día.
XXXIII
Este libro concluye, queridísimos lectores, a quienes adoro y reverencio; se acaba, y los notables
y jamás vistos sucesos que me acontecieron por el proyectado matrimonio de Inés y por el
encuentro de aquellas dos familias en el tortuoso y difícil camino de mis amores, serán escritos,
por no caber en este volumen, en otro que pondré a vuestra disposición lo más pronto posible.
Tened, pues, un adarme de paciencia, y mientras aquellas distinguidas personas se preparan para
 
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