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Bailén

esto era invención de aquel inicuo tramposo, embaucador, y en mi cólera le dije las más atroces
insolencias que han salido de estos labios. ¿No crees tú como yo que lo de entregarla a sus
desconocidos padres es pura fábula de Lobo para ocultar así su crimen? Gabriel, ¿no te
estremeces de espanto como yo? ¿Dónde estará Inés? ¿Dónde la tendrá ese monstruo? ¿Qué
habrá hecho de ella? ¡Ay! Yo la he buscado sin cesar por todo Madrid; he pasado noches enteras
junto a la casa de la calle de la Sal examinando quién entraba y quién salía; he dado dinero a los
criados, aguadores, lavanderas, a los escribientes del licenciado, a cuantas personas visitaban la
casa; pero nadie me ha sabido dar razón, nadie, nadie. ¿Es esto para desesperarse? ¿Es esto para
morirse de pena? ¡Trabajar tanto, cavilar tanto para sacarla del poder de sus tíos; cometer
grandes pecados y exponer uno su alma a las horribles penas del Infierno para ver desvanecida
como el humo aquella esperanza encantadora, aquella soñada dicha y suprema felicidad!... ¿Será
castigo de Dios por mis culpas, Gabriel? ¿Lo crees tú así? ¿Apruebas lo que estoy haciendo
ahora, que es rezar mucho y pedir a Dios que me perdone o que me devuelva mi Inesita, aunque
no me perdone? ¿Crees tú que concurriendo a la bóveda de San Ginés con gran constancia y
devoción podré alcanzar de Dios alguna misericordia? ¡Ay! Si las lágrimas que he derramado
hubiesen caído todas en el corazón de ese infame Lobo, habríanle atravesado de parte a parte
haciendo el efecto de un puñal. ¿Dónde está Inés? ¿Qué es de ella? ¿Vive o muere? Gabriel, tú
tienes ingenio, y Dios ha querido que recobres tu preciosa vida para que desbarates los inicuos
planes de ese monstruo abominable y devuelvas a la niña su anhelada libertad, así como a mí la
paz del alma, que he perdido quizás para siempre.
Así habló el afligido hortera, y oyéndole no pude menos de compadecerle por los tormentos de
su alma, tan apasionada como inocente. No se cansó de hablar hasta muy avanzada la noche,
siempre sobre el mismo tema y con iguales demostraciones dolorosas. Al fin su voz se perdió
para mí en el vacío de un silencio profundo, porque me quedé dormido, cediendo mi atención y
curiosidad a la fatiga y flaqueza de ánimo que me consumían aún.
III
Al día siguiente, la primera persona que vieron mis ojos fué D.ª Gregoria, a quien ya había
empezado a tomar cariño, pues tan propio de la caridad es inspirarlo en poco tiempo. La mujer
del Gran Capitán limpiaba la sala, procurando mover los trastos lentamente para no hacer ruido,
cuando desperté, y al punto lo dejó todo para correr a mi lado.
—Esa cara está respirando salud—me dijo—. Veremos lo que dice hoy D. Pedro Nolasco
cuando te vea.
—¿Y quién es ese D. Pedro Nolasco?—pregunté, sospechando fuera algún médico afamado de
la vecindad.
—¿Quién ha de ser, hijo? El albéitar, que vive en el cuarto número 14. Aquí no gastamos médico
porque es bocado de príncipes. Y cuando Fernández padece del reuma, le ve D. Pedro Nolasco,
que es un gran doctor. A él debes la vida, chiquillo, y él te sacó del costado la bala; que si no a
estas horas estarías en el otro mundo.
 
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