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Bailén

sí, y poniéndose muy contentos, me mandaron que diese al punto una corrida. No quería yo más
para divertirme: así es que, poniendo una silla en lugar de toro, le capeé, le puse banderillas y le
dí muerte con mi sable, pasándole de parte a parte. ¡Cuánto se rieron aquellos condenados! Hasta
el General acudió a verme.
—Veo que has aprovechado el tiempo en el campamento francés—dijo la señora madre con
tremenda ironía.
—Si no querían dejarme venir. Después me dijeron que les cantase el jaleo, y lo canté de pie
sobre una banqueta. ¡Ave María Purísima! Hasta los soldados se acercaban a la tienda para oír.
Entre los oficiales había dos que no me dejaban de la mano, y me decían que si me pasaba al
ejército francés me tomarían por ayudante, llevándome a Francia, a París, y de París a recorrer
toda la Europa.
—¡Y no les diste una bofetada!—exclamó D.ª María, clavando sus dedos en el cuero del sillón.
—¡Quía! Me eché a reír y les dije que ya pensaba ir a Francia con el Sr. de Santorcaz, que es mi
amigo y ha de ser mi maestro cuando me case.
Esta vez no fué D.ª María la que se estremeció de sorpresa e indignación: fué la marquesa de
Leiva, quien mudando el color y con absortos ojos miró sucesivamente a su prima, a su primo y
al ayo.
—Pero ¿qué está diciendo el niño?—preguntó éste mirando a la Condesa—. ¿Quién dice que es
su maestro y su amigo?
—Cualquiera menos usted—contestó con insolencia el heredero—. ¡Vaya un maestro, que no
sabe enseñar sino mentecatadas y simplezas!
—¡Jesús! Diego, mira lo que hablas ...—dijo D.ª María, conteniendo con grandes esfuerzos los
gestos amenazadores, natural expresión de su ira.
Don Paco se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar una lágrima. Inés a todo atendía
discretamente y sin hablar. ¡Ah! Mientras allí la juzgaban indiferente al peligroso diálogo, ¡qué
admirables observaciones, qué exactos juicios le sugeriría semejante escena! Su talento y alto
criterio dominarían sobre las pasiones, los errores y las querellas de la histórica familia como el
sol inmutable sobre la volteadora tierra.
Asunción y Presentación, que aguardaban coyuntura para dar expansión al comprimido gozo de
sus almas, hubieran querido reír como su hermano; pero la seriedad de su madre las tenía mudas
de terror.
—Esta predisposición de usted—dijo el Marqués—a visitar las Cortes europeas me indica que se
siente el niño con inclinaciones a la diplomacia. Hija mía—añadió, dirigiéndose a Inés—, cada
vez descubro más eminentes cualidades en el que te destinamos por esposo, y veo justificado el
amor que desde hace tiempo en silencio le profesas, y que, en tu delicadeza y castidad, procuras
disimular hasta el último instante.
—¡Ah!, se me olvidaba decir—añadió don Diego, riendo a carcajadas—, que los franceses me
han enseñado a decir algunas palabras en su lengua.
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