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Bailén

—Yo he de averiguarlo, señora—exclamé—. Mañana mismo pediremos un salvoconducto para
ir al campo enemigo. Me parece que allí le encontraremos.
—Ya sabes que te he prometido una gran recompensa. Si haces lo que dices y encuentras a mi
hijo y le traes—me dijo la de Rumblar—la recompensa será aún mayor. Dios dispone de todo, y
las glorias de la tierra son a veces trocadas en miseria, en tristeza, en nada, por su mano
poderosa. Si mi hijo no parece, ¿qué soy, qué me queda, qué resta a mi casa y a mi nombre?
Dios habrá decidido que todo perezca, y que las grandezas de ayer sean hoy ruinas, donde nos
ocultemos para llorar. ¿La victoria se había de alcanzar sin desgracias? Napoleón es vencido en
España, y ante la salvación de nuestro país, ¿qué significa una vida, por noble que sea? ¿Qué una
familia, por grande que sea su lustre?
El enérgico tesón de aquella mujer de acero me llenó de asombro. Después continuó así:
—Yo creí que éste sería un día de júbilo en mi casa. Después de la victoria alcanzada,
hubiéramos sido muy felices teniendo aquí a mi hijo, y recibiendo a la prometida esposa que con
mis primas debe de llegar aquí esta noche.... ¿No ha llegado? Cuide usted, D. Paco, de que nada
les falte. ¿Está todo preparado, las camas, la cena, las habitaciones? Niñas, ¿qué hacéis ahí mano
sobre mano?
Asunción y Presentación lloraron con más fuerza al oírse nombrar por su madre. Parecióme que
ésta también comenzaba a sentir vacilante su varonil espíritu, y que apagándose la llama de sus
ojos, se desmayaban sus enérgicos brazos, cayendo con desaliento sobre los del sillón. Pero sin
duda no quería perder su dignidad de gran señora delante de nosotros, y mandándonos salir a
todos, a sus hijas, a D. Paco, a los criados y a mí, se quedó sola.
Un rato después sentí ruido de coches y mulas en la calle; luego una gran algazara en el patio, y
al oír esto dióme un gran vuelco el corazón. Escondido tras uno de los pilares vi descender de los
coches y subir pausadamente a las personas que eran esperadas, y al mirar al diplomático, que
cargaba en sus brazos a una mujer para bajarla del carruaje, reconocí a la monjita de Córdoba.
Temía yo ser visto de Amaranta; pero como ésta y su tía habíanse adelantado y estaban ya arriba,
me aventuré a seguir al diplomático, que subió detrás de todos con Inés, sosteniéndola por la
cintura. Delante iban los criados con hachas, detrás yo solo. Inés se envolvía con un gran manto,
chal o cabriolé que tenía larguísimos flecos en sus orillas. Subíamos lentamente, ellos delante, yo
detrás, y aquellos menudos hilos de seda, pendientes de la espalda y de la cintura de Inés,
flotaban delante de mis ojos. Como quien llega a la puerta del Cielo y tira del cordón de la
campanilla para que le abran, así cogí yo entre mis dedos uno de aquellos cordoncitos rojos y tiré
suavemente. Inés volvió la cabeza y me vió.
XXXI
Una vez arriba, el ayo informó a los viajeros de lo que ocurría, y pasando adentro las tres
señoras, el diplomático se quedó con don Paco en el comedor.
 
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