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Bailén

condenados del Infierno.... El pérfido Lobo no se apartaba de allí, y desde luego me parecieron
sospechosos el esmero y solicitud con que la atendía. Inés no cesaba un momento de gemir, y
tanto a mi compañero como a mí nos mostraba repugnancia, ordenándonos que la dejáramos
sola, porque no quería vernos, y que la matáramos, porque no quería vivir. Su desesperación
llegó a tal punto, que no la podíamos contener, y se nos escapaba de entre los brazos, diciendo
que pues no le era posible salvaros la vida, quería daros a entrambos sepultura. Por último, a
fuerza de ruegos logramos calmarla un poco, prometiéndole yo acudir al lugar del suplicio a
cumplir tan triste obligación. Cuando esto le dije, me miró con tanta ternura, y después me lo
ordenó de un modo tan persuasivo, tan elocuente, que no vacilé un instante en hacer lo
prometido, y salí dejándola al cuidado de Lobo. ¡Nunca tal hiciera, y maldito sea el instante en
que me separé de aquel tesoro de mi vida, de aquel imán de mi espíritu! Gabriel, corrí a la
Moncloa, me acerqué a los grupos en que eran reconocidos los cadáveres, y anduve de un lado
para otro esperando encontrarte entre aquellos que, abandonados hasta en tan triste ocasión, no
tenían quien formara a su alrededor concierto de llantos y exclamaciones.... Al fin encontré al
sacerdote; pero tú no estabas a su lado, pues unas mujeres compasivas, habiendo notado que
vivías, te habían llevado a un paraje próximo para prodigarte algunos cuidados. Grande fué mi
alegría cuando te vi abrir los ojos, cuando te oí pronunciar frases obscuras, y observé que tus
heridas no parecían de mucha gravedad; así es que en cuanto dimos sepultura a tu buen amigo,
me ocupé de los medios de traerte a mi casa. Rogué a las pobres mujeres que te cuidaran un
momento más, mientras yo volvía con una camilla, y al salir de la huerta me regocijaba con la
idea de participar a Inés que estabas vivo. «¡Cuánto se alegrará la pobrecita!», decía para mí, y
yo me alegraba también, porque había comprendido por sus palabras que aquella flor de Jericó te
apreciaba bastante, ¿no es verdad? ¡Ay!, Gabriel, tú hubieras sido nuestro criado, tú nos hubieras
servido fielmente, ¿no es verdad?... Pues bien, hijo: como te iba diciendo, corrí desalado a
comunicarle la feliz nueva de tu salvación, y cuando entré en la casa donde la había dejado, Inés
ya no estaba allí. Aquellas señoras desconocidas dijéronme que Lobo se había llevado a Inés, y
como yo les manifestara mi extrañeza, mi indignación, llamáronme estúpido y me arrojaron de
su casa. Volé a la de ese miserable ladrón; mas no le pude ver ni en todo aquel día ni en los
siguientes. Figúrate mi desesperación, mi agonía, mi locura; yo no sé cómo no entregué el alma a
Dios en aquellos días, porque además de mi gran pena, me consumía una fuerte calentura, a
consecuencia de la herida de esta mano, pues bien viste que perdí dedo y medio en la calle de
San José.... ¿Crees que me curaba? Ni por pienso. Después que el boticario de la Palma Alta me
vendó la mano no volví a acordarme de tal cosa, y no digo yo dedo y medio, sino los cinco de
cada mano me hubiera yo arrancado con los dientes, con tal de hallar a mi idolatrada Inés, ¡a
aquella rosa temprana, a aquel jazmín de Alejandría!... Durante este tiempo no me olvidé de ti,
pues el mismo día 3 te hice conducir a esta casa, que es la mía, en la cual has permanecido hasta
hoy, y donde, gracias a los cuidados de tan buena gente, has recobrado la salud.
—¿Pero Lobo ha desaparecido también?—pregunté con afán—. Si no ha desaparecido, bien
puede obligársele a decir qué ha hecho de Inés.
—Al cabo de diez días le encontré al fin en su casa. ¿Sabes tú lo que me dijo el muy embustero?
Pues verás. Después de reírse de mí, llamándome bobo y mentecato, me dijo que no pensara en
volver a ver a Inés, porque la había entregado a sus padres. «¿Pues acaso Inés tiene padres?», le
dije. Y él me contestó: «Sí, y son personas de las principales de España, por lo cual he creído de
mi deber entregarles la infeliz jovenzuela, desde tanto tiempo condenada a vivir fuera de su
rango y entre personas de inferior condición.» Me quedé atónito; pero al punto comprendí que
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