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Gatsby
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Y el poeta, envidiando su alegría, seguía en su puesto, iluminado por laúltima crepitación de
la hoguera, desfallecido de hambre y de dolor,llorando de veras ahora que comenzaba a verse en
la obscuridad,esperando algo vago e indeterminado, sin fuerzas para hacer nada
yestremeciéndose al oír aquella voz tenue como un hilillo de seda, que sequebraba al llegar a lo
más alto de la romanza, ahogándola con susaplausos los complacientes convidados de la mamá.
V
Juanito era feliz. Próximo al ocaso de su juventud, a los malditostreinta años de que hablaba
Espronceda, en vez de tristes desengañosexperimentaba la alegría de saber que en el mundo hay
algo más grato queadorar a la mamá como un ídolo y plegarse a todos los caprichos de
loshermanitos.
El entusiasmo de la juventud, el ansia de vivir, manifestábanse en élcon extraordinaria fuerza,
como frutos tardíos del árbol de su vida, quehabía pasado invierno tras invierno sin conocer
hasta ahora laprimavera.
Al reunir y ordenar sus recuerdos, no se daba cuenta de cómo habíaocurrido su
transformación. Sin duda, el amor era más fuerte que sucaracterística timidez. En la soledad, al
recordar a Tónica,avergonzábase como el que ha cometido una acción punible; las
palabrasintencionadas que había deslizado en la conversación martilleábanledespués los oídos, y
tan pronto las consideraba ridículas comoexageradamente audaces.
—¡Dios mío...! ¡Qué dirá de mí esa chica!
Pero cuando estaba cerca de ella, el rubor desaparecía y sentía en suinterior audacias que le
asombraban.
Ya no se conformaba con esperar que Tónica fuese a la tienda de LasTres Rosas. Enterábase
de dónde trabajaba, y con una astucia de las mástorpes, salíale al paso por la mañana al ir al
trabajo y por la noche alregresar a su casa; hacíase el encontradizo y le desesperaba ladificultad
de su lengua tímida, que parecía rebelarse, no queriendo serconductora de sus pensamientos.
Pasó más de una semana para Juanito sin adelantar gran cosa en supropósito. Tónica le
hablaba como un amigo y le hacía confidente detodos sus pensamientos: las exigencias de sus
parroquianas, los consejosde «las señoritas», que eran las hijas de su difunta protectora, y
hastalas dolencias de aquella mujer casi ciega que vivía con ella,sirviéndola de madre. Con estas
confidencias, Juanito iba penetrandolentamente en la vida de la joven y la consideraba ya como
algo propio,a pesar de que todavía la picara lengua seguía negándose a obedecerle.
Tónica tenía en ciertos momentos rasgos de ingenuidad, que turbaban aljoven, sin dejar por
esto de experimentar alegría.
Llegó a relatarle las aficiones de su infancia, el placer indefinibleque experimentaba pasando
horas enteras arrodillada ante un Cristo,rezando rosarios tras rosarios. En aquella época, llevarla
 

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