Los domingos, a las siete de la mañana, salía Juanito de su casa con elalegre desembarazo del
colegial que en día de fiesta todo lo ve de colorde rosa.
Iba estirado, satisfecho dentro de su traje de lanilla inglesa, algoincómodo por el cuello de la
camisa almidonado y de bordes punzantes;pero le bastaba lanzar una mirada a sus botas de
charol y a la corbata,siempre de colores vivos, para darse por satisfecho de todas lasmolestias
que le causaba su transformación. La mamá y las hermanitas lecontemplaban con asombro. ¿Qué
creían ellas? El Juanito de ahora estabamuy lejos del de los tres meses antes. Ya era hora de
dedicar a rodillasde cocina las levitas viejas de su padrastro el doctor Pajares, prendasque la
mamá le había hecho usar para mayor economía.
El amor había transformado a Juanito. Su alma vestía también nuevostrajes, y desde que era
novio de Tónica, parecía como que despertabansus sentimientos por primera vez y adquiría otros
completamente nuevos.Hasta entonces había carecido de olfato. Estaba segurísimo de ello; y
sino, ¿cómo era que todas las primaveras las había pasado sin percibirsiquiera aquel perfume de
azahar que exhalaban los paseos y ahora leenloquecía, enardeciendo su sangre y arrojando su
pensamiento en lavaguedad de un oleaje de perfumes? No era menos cierto que hastaentonces
había estado sordo. Ya no escuchaba el piano de sus hermanascomo quien oye llover; ahora la
música le arañaba en lo más hondo delpecho, y algunas veces hasta le saltaban las lágrimas
cuando Amparito searrancaba con alguna romanza italiana de esas que meten el corazón, enun
puño.
El muchacho, antes tan sólido y bien equilibrado, mostrábase inquieto ynervioso, lloraba a
solas por cualquier cosa o se entregaba aexpansiones infantiles; pero a pesar de esto, era más
feliz que nunca.Su antigua vida parecíale la existencia soñolienta de una bestiaamarrada a la
estaca, rumiando la comida o durmiendo, sin noción algunade un más allá.
Ahora, el amor por un lado y por otro la primavera, parecían incubar enél un nuevo ser, y de
la ruda cáscara del antiguo dependiente, con lainteligencia muerta y la voluntad atrofiada, surgía
un hombre nuevo, enel cual despertábase el mismo romanticismo de su padre cuando era joven.
El Mercado le atraía los domingos en las primeras horas de la mañana, eiba a lucir sus arreos
entre los puestos de las floristas. Allípermanecía confundido en el grupo de curiosos que
atisbaban las carashermosas, y lo mismo abrían paso a las señoritas que volvían de misa conel
devocionario en la mano, que echaban piropos a las criadasemperejiladas, que, doblándose al
peso de las cestas, metíanse entre lavaronil barrera para comprar un mazo de flores.
¡Qué bien se estaba allí! El sol comenzaba a caldear la plaza;esparcíase por el ambiente el
tufillo de las verduras recalentadas; perobajo la techumbre de cinc que resguardaba los puestos
de flores, entrelas cortinas rayadas que tapaban los lados del mercadillo, notábase unafrescura de
subterráneo, el vaho húmedo de las baldosas regadas conexceso. Y luego, ¡qué orgía para el
olfato en esta atmósfera fresca!Experimentábase la misma impresión que en una tienda de

