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Arroz y Tartana

a la capillade la Virgen de los Desamparados era para ella la mayor de lasdiversiones, y rezaba
con tal devoción, que las viejas beatas se lacomían a besos, asegurando que iba para santa.
—¡Qué época aquélla!—decía la joven con ligera sonrisa—. Ahora larecuerdo con cierta
extrañeza y no menos envidia. Las estampitas de midevocionario me hablaban; y por la noche,
una Virgen que tenía en micuarto bajaba de su cuadro para arrullarme hasta que me dormía.
Usted,Juanito, se burlará seguramente de que yo fuese tan tonta.... En fin,cosas de niñas. Pero mi
madrina la condesa, en vista de tan ardientedevoción, quería hacerme monja; y el otro día, «las
señoritas»,recordando los deseos de su mamá, todavía me ofrecieron costearme eldote para que
entrase en un convento.
—¿Y usted acepta?—preguntó el joven con visible ansiedad.
—¡Yo...! No pienso en ello por ahora. Aquella santidad voló, creo quepara siempre. Ahora
soy mala, muy mala. Rezo cuando estoy triste, oigomisa los domingos, tengo mucho miedo al
diablo, pero me gusta bastanteel mundo y voy siendo algo impía, pues algunas veces me digo
que no estan pésimo como lo pintan los predicadores.... Además, ¿quién cuidaríade mi pobre
Micaela, sola y casi ciega? Sería cometer un horrible pecadode ingratitud por salvar mi alma. No
señor, no pienso hacerme monja;prefiero ser pecadora y cuidar de mi pobre amiga.
Juanito tenía en los labios una pregunta audaz. ¿Qué hacía? ¿Lasoltaba...? Tembló; pero
vacilando, diola curso, al fin, con voz deagonizante.
—¿Y no piensa usted casarse?
Tónica contestó con una carcajada.
—¡Casarme yo...! ¿Y quién ha de ser el valiente? Se necesita muchocorazón para cargar con
una mujer sin otra renta que la aguja y quelleva tras sí el bagaje de una amiga vieja y enferma.
Juanito estuvo a punto de gritar que ese valiente era él; pero, por sudesgracia, se detuvo.
Tónica estaba seria y decía con triste ingenuidad:
—Reconozco que si encontrase un hombre honrado, trabajador y humildecomo yo, que
quisiera admitir a mi desgraciada amiga, me tendría por muyfeliz.... Pero en fin, hoy por hoy no
hay que pensar en tonterías.
Y cambió con tal arte el curso de la conversación, que a Juanito se lequedó en el cuerpo lo que
quería decir, y antes llegaron a la pobreescalerilla de la calle de Gracia, que pudo manifestar su
valor para seresposo de Tónica y encargarse de la pobre ciega.
Aquella noche fue cruel para Juanito. La pasó en vela, revolviéndoseinquieto en su cama, y
declarando en voz alta que era el más cobarde delos hombres. Parecía imposible que un mocetón
con unas barbas quecausaban espanto fuese tímido como un seminarista. ¡Y pensar que
todostenían valor en tales casos, todos, hasta Andresito, aquel pazguato quese declaró a Amparo
con la mayor facilidad...! ¡Cristo! ¡Cómo se reiríande él sus hermanas si conocieran sus
timideces! Sólo esto faltaba paraque todos los de casa le creyesen un imbécil.... Pero pronto se
sabríaquién era él. Y animado por una resolución hija del amor propio, pasótodo el día siguiente
en la tienda distraído, sin atender a las ventas,ansiando que llegase la hora de acompañar a su
casa a Tónica.
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