Not a member?     Existing members login below:

Arroz y Tartana

La plazuela estaba solitaria y el rojo ambiente del incendio hacía máslóbregas las calles
inmediatas. Algunos chuscos arrojaban en la hogueramanojos de cohetes, que salían como rayos,
culebreando su rabo dechispas, arrastrándose de una pared a otra y remontándose en
caprichosascurvas hasta la altura de los balcones, para estallar con estampido detrabucazo. Los
municipales no veían los cohetes, pues al fijarse en elaire matón de la chavalería que los
disparaba, permanecían metidos en elportal, sordos y ciegos. Andresito pensaba que si alguno de
aquellosrayos baratos le pillaba en su sitio, no le dejaría ganas en unatemporada de ser frailecito
blanco y llorar los desdenes de su hermosa;pero permaneció inmóvil. Irse de allí era renunciar a
su venganza. Élesperaba algo, sin saber qué; y allí permanecía mirando el balcón, apesar de que
sus piernas apenas podían sostenerle, y en la cabeza y elestómago sentía un vacío anonadador.
Ahora cantaban arriba. Era Amparito, que acometía con su vocecita deseda una romanza de
Tosti, coreada por el estallido de los cohetes y losberridos burlones de la pillería, a quien le
hacían gracia los lamentosmusicales, verdaderos chillidos de ratita asustada.
Las llamas iban extinguiéndose, la plaza estaba cada vez más obscura ylos chiquillos
desertaban en grupos, bucando otras fallas que nohubiesen llegado al período de la agonía.
Dos hombres salieron del cafetín agarrados del brazo, con paso lento yvacilante. Eran los
viejos borrachos, con la gorrilla en la nuca y eleterno pañuelo de hierbas en la mano. Volvieron
el rostro al cafetín, ycomo personajes de tragedia, lanzaron una eterna maldición sobre lacabeza
de Espantagosos, un ladrón que, al quedarse sin dinero doshombres honrados, les echaba a la
calle sin más miramientos.
El humo de la falla, denso y pegajoso, les hizo toser; pero sedetuvieron ante el rescoldo
enorme como un brasero de gigantes.
Soltáronse del brazo y saltaron la falla, uno tras otro, con unaagilidad inesperada y ademanes
tan grotescos, que los municipales reíany hasta el desconsolado poeta dejó de mirar al balcón. El
cafetinero ysus vecinos estaban en las puertas, celebrando aquel espectáculogrotesco e
inesperado.
Las carcajadas del público enardecían a los borrachos, les hacíansonreír con orgullo, y los dos
redoblaban sus saltos y contorsiones.Corrían en torno del gran montón de brasas, saltaban por
todos loslados, y en el furor del movimiento que les dominaba, ninguno de los dosse acordaba
del otro.
¡Ahora iba lo bueno! Y saltando al mismo tiempo los dos, cada uno porlado distinto,
encontráronse en lo más alto de su salto; chocaron loscuerpos como proyectiles y cayeron en el
rescoldo, hundiéndose entrelas brasas la parte más carnosa del individuo.
La plazuela pareció animarse, lanzando interminables carcajadas. Apatadas y puñetazos los
sacaron los municipales, y una vez libres delrescoldo, empujáronlos fuera de la plaza. ¡A sus
casas o al Asilo...!¡Lo que quisieran!
Andresito vio cómo se alejaban los dos viejos, mostrando una nueva carapor el revés
chamuscado de su pantalón, riendo su postrera hazaña,dándose besos y abrazos para afirmar la
fraternidad del cafetín yhablando a gritos para que quedase bien sentado que la «casa grande»
erauna cueva de ladrones, y ellos, desengañados, se retiraban a la vidaprivada.
Remove