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Arroz y Tartana

Ligeritas de ropa a pesar de la estación, revoloteaban alegremente porsu cuarto, que ofrecía el
desorden del despertar, en torno de las doscamitas de inmaculada blancura, que en sus arrugadas
sábanas guardabanel calor de los cuerpos jóvenes y ese perfume de salud y de vida queexhalan
las carnes sanas y virginales.
Gorjeaban alegremente, como pájaros que despiertan, pero sus trinos nopodían ser más
vulgares.
—¿Dónde estarán mis botinas?
—Mis medias... me falta una.... ¿La has escondido tú?
—¡Ay, Dios...! ¡Tengo una liga rota!
Y así continuaba el diálogo de exclamaciones sueltas, lamentos yprotestas, mientras las dos
jóvenes, en chambra y enaguas, mostrando acada abandono rosadas desnudeces, iban de un lado
a otro, como aturdidaspor el ambiente cálido y pesado de la habitación cerrada.
Luego pasaron al tocador, un cuartito en el que la luz de la ventana,después de resbalar sobre
la luna biselada de un gran espejo, quebrábaseen el cristal azulado o rosa de las polveras y los
frasquitos deesencia. La pieza no era un modelo de curiosidad y delataba el desordende una casa
donde falta dirección. Los peines de concha guardabanenredadas en sus púas marañas de
cabellos; muchos frascos estabandesportillados, y el blanco mármol tenía pegotes formados por
el amasijode gotas de esencia con los residuos de polvos.
Las dos muchachas soltaron sus cabellos, largos y ondeantes comobanderas; sacudiéronlos,
haciendo caer sobre el mármol las horquillascomo una lluvia metálica, y después, cual buenas
hermanas, ayudáronsemutuamente en la difícil tarea del peinado de un día de ceremonia.
La clara luna retrataba en su fondo ligeramente azulado las cabezas delas dos hermanas, con
la cabellera suelta y vestidas de blanco, comotiples de ópera en el momento de volverse locas y
cantar el aria final.
Sus rostros no eran gran cosa; hubieran resultado insignificantes a noser por los ojos, unos
verdaderos ojos valencianos que les comía granparte de la cara, rasgados, luminosos, sin fondo,
con curiosidadinsolente algunas veces, lánguidos otras, y cercados por la ojera tenuey azul,
aureola de pasión.
La mayor, Conchita, veintitrés años, era la más parecida a su madre.Tenía su mismo aire
majestuoso, y comenzaba a iniciarse en ella unprincipió de gordura, lo que la hacía parecer de
más edad. En la casagozaba fama de genio violento, y hasta doña Manuela la trataba conciertas
reservas para evitar sus explosiones iracundas; pero fuera deesto era seductora, con su frescura
de carnes a lo Rubens y lasarqueadas líneas que a cada movimiento delatábanse bajo la blanca
tela.
La menor, Amparito, dieciocho años; linda cabeza de bebé, boca graciosa,hoyuelos en la
barba y las mejillas, un puñado de rizos sobre la frentey ojos que en vez de mirar parecían
sonreír a todo, revelando el inmensocontento de ser joven y que la llamasen bonita. Era la
toquilla de lacasa, la señorita aturdida que aprende de todo sin saber hacer nada; laque por la
calle no podía ver una figura ridícula sin estallar enruidosa carcajada; la que tenía en sus gustos
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