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Arroz y Tartana

mostraba en materia de ostentación con su primer esposo,acató servil y gustosa las órdenes del
segundo. Ignoraba que aquelhombre tan avariento en los gastos de la casa arrojaba el dinero
fuerade ella, y cubriéndose con el velo de la hipocresía, llevaba una vida decalavera, tal como la
había soñado en su juventud.
La ceguera de la esposa duró algunos años. Cuando supo toda la verdad,tuvo un momento de
indignación y de protesta valiente, como al dar sumano a Melchor; pero ya era tarde para
remediar el mal.
El doctor había jugado fuerte, perdiendo miles de duros; manteníaqueridas costosas por pura
ostentación y emprendía viajes divertidos portoda España con audaces compañeros de bureo. La
fortuna de doña Manuelaestaba casi destruida. Su marido, en momentos de expansión
amorosa,cuando ella se sentía más supeditada, habíala arrancado firmascomprometedoras y tenía
que pagar, so pena de ver sus bienes embargados.Para dar en la cabeza a su marido—según ella
decía—volvió a susantiguos gastos, a la ostentación falsa de una fortuna que no existía;contrajo,
por su parte, deudas y guiada por el engañoso pundonor de lasgentes que se arruinan, en vez de
vender fincas y ponerse a flote,prefirió gravar sus inmuebles con hipotecas y echarse en brazos
de lausura, buscando préstamos con intereses aplastantes.
Por fortuna, un sinnúmero de enfermedades provenientes de la vidacrapulosa del doctor
surgieron en su gastado organismo, y murió cuandoya su mujer, si no le odiaba, veíase separada
para siempre de él por susinfidelidades y desvíos.
La muerte del primo Rafael hizo que don Juan volviera a casa de suhermana y se dignase
ocuparse en sus asuntos. Con su buen instinto dehombre práctico, puso orden en aquel
maremágnum: vendió fincas, cancelóhipotecas, pagó a los usureros con harto pesar de éstos, que
querían vercorrer los intereses hasta devorar al cliente, y al fin, un día pudodecir a su hermana:
—Mira, chica, ya tienes libre y sano lo que te queda, pero te adviertoque no eres rica. Tienes,
a lo sumo, veinte mil duros, más ocho mil quepertenecen a Juanito, por ser la herencia de su
padre. Se acabaron,pues, las locuras. Ahora mucho orden y mucha economía, y así podrás
irtirando. Sobre todo, no cuentes conmigo en los apuros. Si fueras pobrete tendería la mano; pero
tienes para comer, y a mí no me gusta amparara los derrochadores. Se acabaron las berlinitas y
los demás gastos conlos que se aparenta lo que no se tiene. Una vida arreglada,
gastandoconforme a la renta, es lo decente y lo digno. Esa fanfarronería, eseafán de aparentar
con cuatro cuartos lo que la gente llama «arroz ytartana», es ridículo... ¿lo entiendes bien?
soberanamente ridículo.
Doña Manuela sintióse impresionada por los consejos de su hermano, y pormucho tiempo los
siguió escrupulosamente.
Dedicóse a criar a sus hijos, es decir, a los hijos de su segundomatrimonio, pues el pobre
Juanito siempre había sido tratado con falsocariño, con un desvío encubierto, como si doña
Manuela quisiera vengaren el pobre chico el haber sido poseída por su difunto padre.
Aquella mujer resultaba incomprensible. Al marido fiel y bondadosoapenas lo nombraba,
como si su matrimonio hubiese sido de algunos días;y en cambio, de aquel calavera que tanto la
hizo sufrir habíase forjadodespués de muerto una figura ideal, y ya que no de sus virtudes,
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