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Arroz y Tartana

A las tres de la tarde entró doña Manuela en la plaza del Mercado,envuelto el airoso busto en
un abrigo cuyos faldones casi llegaban alborde de la falda, cuidadosamente enguantada, con el
limosnero al puño yvelado el rostro por la tenue blonda de la mantilla.
Tras ella, formando una pareja silenciosa, marchaban el cochero y lacriada: un mocetón de
rostro carrilludo y afeitado que respiraba brutaljocosidad, luciendo con tanta satisfacción como
embarazo los pesadosborceguíes, el terno azul con vivos rojos y botones dorados y la gorrade
hule de ancho plato, y a su lado una muchacha morena y guapota, conpeinado de rodete y agujas
de perlas, completando este tocado de lahuerta su traje mixto, en el que se mezclaban los
adornos de la ciudadcon los del campo.
El cochero, con una enorme cesta en la mano y una espuerta no menor a laespalda, tenía la
expresión resignada y pacienzuda de la bestia quepresiente la carga. La muchacha también
llevaba una cesta de blancomimbre, cuyas tapas movíanse al compás de la marcha, haciendo que
elinterior sonase a hueco; pero no se preocupaba de ella, atentaúnicamente a mirar con ceño a los
transeúntes demasiado curiosos o apasear ojeadas hurañas de la señora al cochero o viceversa.
Cuando,doblando la esquina, entraron los tres en la plaza del Mercado, doñaManuela se detuvo
como desorientada.
¡Gran Dios...! ¡cuánta gente! Valencia entera estaba allí. Todos losaños ocurría lo mismo en el
día de Nochebuena. Aquel mercadoextraordinario, que se prolongaba hasta bien entrada la
noche, resultabauna festividad ruidosa, la explosión de alegría y bullicio de un puebloque entre
montones de alimentos y aspirando el tufillo de las mil cosasque satisfacen la voracidad humana,
regocijábase al pensar en losatracones del día siguiente. En aquella plaza larga,
ligeramentearqueada y estrecha en sus extremos, como un intestino hinchado,amontonábanse las
nubes de alimentos que habían de desparramarse comonutritiva lluvia sobre las mesas,
satisfaciendo la gigantesca gula de laNavidad, fiesta gastronómica, que es como el estómago del
año.
Doña Manuela permaneció inmóvil algunos minutos en la bocacalle. Parecíamareada y
confusa por el ruidoso oleaje de la multitud; pero enrealidad, lo que más la turbaba eran los
pensamientos que acudían a sumemoria. Conocía bien la plaza; había pasado en ella una parte de
sujuventud, y cuando de tarde en tarde iba al Mercado por ser víspera defestividad en que se
encendían todos los hornillos de su cocina,experimentaba la impresión del que tras un largo viaje
por paísesextraños vuelve a su verdadera patria.
¡Cómo estaba grabado en su memoria el aspecto de la plaza! La veíacerrando los ojos y podía
ir describiéndola sin olvidar un solo detalle.Desde el lugar que ocupaba veía al frente la iglesia
de los SantosJuanes, con su terraza de oxidadas barandillas, teniendo abajo, casi enlos cimientos,
las lóbregas y húmedas covachuelas donde los hojalaterosestablecen sus tiendas desde fecha
remota. Arriba, la fachada de piedralisa, amarillenta, carcomida, con un retablo de gastada es
cultura, dosportadas vulgares, una fila de ventanas bajo el alero, santosberroqueños al nivel de
los tejados, y como final, el campaniltriangular con sus tres balconcillos, su reloj descolorido
ydescompuesto, rematado todo por la fina pirámide, a cuyo extremo, aguisa de veleta y posado
sobre una esfera, gira pesadamente el pájarofabuloso, el popular pardalòt con su cola de
abanico.
En el lado opuesto la Lonja de la Seda, acariciada por el sol deinvierno y luciendo sobre el
fondo azul del cielo todas lasesplendideces de su fachada ojival. La torre del reloj,
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