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Arroz y Tartana

Y con estas seguridades, dadas enérgicamente, aunque sin saber con quéfundamento, el señor
Cuadros conseguía serenar a Juanito. No tenía igualpoder sobre don Eugenio, su antiguo
principal. El pobre viejo, al saberel gran descalabro, en vez de irritarse depuso su huraña
actitud,aproximándose a su antiguo dependiente para darle consejos con tonopaternal.
—Estás a tiempo para retirarte. Lo que te pasa es un aviso de laProvidencia. En realidad, nada
has perdido. El dinero mal ganado se lolleva el diablo. Lo que ahora tienes es lo adquirido
honradamente y afuerza de trabajo. Créeme, Antonio; a vivir como Dios manda, contranquilidad
y modestia, educando a tu hijo para que sea un hombre deprovecho, y sin repetir ciertas
locurillas de las que no quierohablarte. No tientes a la suerte, que es traidora. Piensa que un
segundogolpe dejaría a tu mujer y a tu hijo en situación de pedir limosna.
Cuadros, a quien la derrota había privado de fuerzas para discutir supretendida infalibilidad en
jugadas de Bolsa, contestaba afirmativamenteal viejo y parecía aceptar todos sus consejos; mas
no por esto sehallaba menos decidido a seguir a su grande hombre, sosteniéndose a labaja, como
medio seguro de conquistar los soñados millones. Y tanto élcomo Juanito manteníanse firmes, a
pesar de que continuaba el alza y nose veía la menor probabilidad de que pudiesen cumplirse las
prediccionesde don Ramón.
Algo más que el desgraciado negocio preocupaba a Juanito. Una noche, alretirarse después de
acompañar a Tónica y su amiga en su paseo por laferia, encontróse en la puerta de casa con su
hermano Rafael, que sellevaba el pañuelo al rostro como para ocultar algo que le molestaba.
Arriba, a la luz del comedor, vio a Rafael con un ojo amoratado y lasnarices sucias de sangre.
El joven elegante, admiración y orgullo de lamamá, olía a vino, y con palabrotas de las más
soeces explicaba lo queacababa de ocurrirle. Nada; una cosa de poca importancia. Se
habíapeleado con un amigo, dándose de bofetadas y palos en medio del puentedel Real cuando
iban a la feria a última hora.
No quiso decir más, aceptando con gruñidos de borracho los cuidadospaternales de Juanito,
que hizo todo cuanto supo para curarle lascontusiones. El pobre muchacho, al ver a su hermano
cruelmenteaporreado, sintió renacer el cariño de otros tiempos, cuando ejercía deniñera,
sacrificándose en el cuidado de sus hermanitos.
Al día siguiente hizo averiguaciones para conocer con exactitud loocurrido; y los calaverillas
de la Bolsa, que sabían lo de la riña, leenteraron con una exactitud cruel.
Quien había aporreado a su hermano era Roberto del Campo. Los doscenaron en un
restaurant para conmemorar los buenos golpes que habíandado en la ruleta del Sportsman Club.
Se habían emborrachadoamigablemente, y al dirigirse después hacia la feria, surgió la disputaa
consequencia de ciertas afirmaciones infames del elegante Roberto.
Aquel miserable se había permitido asegurar cosas que hacían enrojeceral pobre Juanito:
intimidades repugnantes con su novia cuando por lamañana hablaban en la escalera; secretos, en
fin, que Juanito tenía porcalumniosos, y que únicamente podía revelar un canalla como aquél.
Suamigo había contestado a las confidencias con una bofetada, y despuésocurrió la riña, de la
que Rafael salió tan malparado.
Juanito se conmovió por el suceso. Decididamente, su hermano no eramalo; su prontitud en
defender la honra de la familia, castigando lacalumnia, hacíale simpático. Y el sencillo Juanito,
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