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Arroz y Tartana

marcha los pingajos sangrientoscomo enormes chorizos, las jóvenes volvieron la cabeza con un
gesto deasco y no quisieron mirar al redondel. ¿A qué iban allí? A lo que vantodas: a ver y ser
vistas, a lucirse un rato a cambio de palidecer deemoción y lanzar angustioso grito cuando la
cornuda cabeza bufa en lamisma espalda del torero fugitivo.
Y conforme avanzaba la corrida, la mayoría del público contagiábase delaburrimiento del
espectáculo, y hasta los del tendido de sol, si no porrepugnancia por fastidio, callaban, dejando
que los lances en la arenase desarrollasen en medio de un tétrico silencio, como si desearan
noprovocar incidentes para que la lidia terminase cuanto antes. Sólo losgrupos de los aficionados
sostenían el entusiasmo palmoteando, aclamandoa sus respectivos ídolos y entablando disputas
ruidosas.
La salida de la plaza era lenta, desmayada, contrastando con la llegada,ruidosa como una
invasión. Todos parecían cansados y caminaban concierta lentitud y ensimismamiento, como el
que acaba de ser víctima deun engaño o ve defraudadas sus ilusiones. Los únicos que mantenían
laalgazara de la fiesta eran los que, tostados y sudorosos, salían por laspuertas del sol
golpeándose amigablemente con las arrugadas botas y lasvacías calabazas, dando a entender a
gritos que el contenido de aquéllasse hallaba en lugar seguro y servía para algo. Las dos
familias,sufriendo los codazos de la muchedumbre, salieron de la plaza por entrelos jinetes de la
Guardia Civil que mantenían el turno en el desfile delos coches, fueron en busca de los suyos,
teniendo las mamas y las niñasque recoger sus faldas de seda, y manchándose las medias con el
barro dela carretera recién regada.
Por fin vieron a Nelet, que guardaba el cochecito del señor Cuadros.Vestía de blusa, pues la
carretela de las señoras era de alquiler ytenía cochero propio.
Iba a subir el señor Cuadros en su pescante y empuñar las riendas,cuando el cazurro
muchacho se rascó la cabeza y pareció recordar algo.
—Oiga, don Antonio; don Eugenio me ha dado este papel, encargándomemucho que no
tardase en entregarlo.
Y ofrecía un cuadrado de papel azul con el cierre intacto. Era untelegrama.
Juanito, al ver el despacho, por un instinto de solidaridad, apartóse desu madre, colocándose
al lado del maestro.
—¡Bah!—dijo el señor Cuadros con indiferencia—. Será un telegrama denuestro corresponsal
en Madrid.
Pero inmediatamente palideció, dio una patada en el suelo y soltó unoscuantos pecados
gordos, de aquellos que hacían ruborizar a Teresa yfruncir el gesto a doña Manuela,
intransigente con tales groserías.Juanito, que leía por encima del hombro de su principal, estaba
pálidotambién y parpadeaba como si creyera en un engaño de sus ojos.
—Ya ves, Juanito—dijo con precipitación el maestro—. Acaba de subirde un golpe cerca de
tres enteros. ¿Qué será esto? Hay que ver enseguida a don Ramón. Lo que es por esta vez, ¡se ha
lucido! Pero no; élno se equivoca fácilmente. Aquí hay gato encerrado. De todos
modos,debemos consultar en seguida a nuestro hombre. ¡Cristo! ¡pues apenastiene la cosa
importancia...!
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