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Arroz y Tartana

Por el arroyo central daban vueltas y más vueltas, como arcaduces denoria, los carruajes
alineados en interminable rosario. Las torres delos guardas erguían sus caperuzas de barnizadas
tejas por encima de losárboles, y a los dos extremos del paseo, empequeñecidas por ladistancia,
destacábanse sobre el verde fondo las monumentales fuentescon sus figuras mitológicas ligeras
de ropa. Era la hora en que el paseoadquiría su aspecto más brillante. A todo galope de los
briosos caballosbajaban carretelas y berlinas, y por las aceras del paseo desfilabanlentamente,
con paso de procesión, las familias endomingadas. Los verdesbancos no tenían ni un asiento
libre. Un zumbido de avispero sonaba enel paseo, tan silencioso y desierto por las mañanas, y
algunas familiasingenuas conversaban a gritos, provocando la sonrisa compasiva de losque
pasaban con la mano en la flamante chistera, saludando con rígidossombrerazos a cuantas
cabezas asomaban por las ventanillas de loscarruajes.
Lo que atraía la atención de todos era el desfile incesante de coches,símbolos de felicidad y
bienestar en un país donde el afán deenriquecerse no tiene más deseo que no ir a pie como los
demás mortales.
Piafaban los caballos con la boca llena de espuma, esparciendo en tornoel pajizo olor de las
cuadras, y de vez en cuando un relincho contagiabaa toda la línea de brutos briosos, que parecían
contestar con nerviosospataleos a este llamamiento de libertad. Los cocheros, enfundados en
susblancos levitones, exhibían desde lo alto de los pescantes, sus carasafeitadas y carrilludas de
cómicos obesos o párrocos bien conservados, ymiraban con cierto desprecio a toda aquella
muchedumbre que les obligabaa pasar unas cuantas horas de tedio. En la larga fila de
vehículosestaba el antiguo faetón, balanceándose sobre sus muelles como unaenorme caja
fúnebre y encerrando en su acolchado interior toda unafamilia, incluso la nodriza; la ligera
berlina, con sus ruedas rojas oamarillas; la carretela, como una góndola, meciéndose a la
menordesigualdad del suelo, y la galerita indígena, transformación elegantede la tartana y
símbolo de la pequeña burguesía, que, detenida en mitadde su metamorfosis social, tiene un pie
en el pueblo, de donde procede,y otro en la aristocracia, hacia donde va.
Parecía existir una barrera invisible e infranqueable entre la gente quepaseaba a pie y aquellas
cabezas que asomaban a las ventanillas,contrayéndose con una sonrisa siempre igual cuando
recibían el saludode las personas conocidas. Grupos de jinetes mezclados con jóvenesoficiales
de caballería caracoleaban por entre los carruajes,tendiéndose algunas veces sobre el cuello de
sus cabalgaduras parahablar al través de una portezuela. Las de Pajares contemplaban
connostalgia de desterradas el paso de los carruajes. ¡Gran Dios, quétarde! ¡Se acordarían de ella
toda la vida! Era la primera vez que ibana pie a la Alameda. Las niñas, a pesar de sus elegantes
trajes, creíanque todos se fijaban en ellas para sonreír compasivamente, y doñaManuela
marchaba erguida, con altivez dolorosa, poco más o menos comoNapoleón en Santa Elena
después de la denota. La viuda presentía suruina. Ya no eran las deudas y los apuros pecuniarios
las amarguras dela vida; ahora, la fatalidad, según ella decía, complacíase en agobiarlacon
nuevos golpes, quitando a la familia los escasos medios que larestaban para sostener su
prestigio.
Aquella mañana había sido de prueba para las de Pajares. Nelet elcochero subió muy
alarmado a dar cuenta a sus señoras de que el caballoestaba enfermo. El suceso no era para
tomarlo a risa. No se trataba deun cólico vulgar, y la pobre bestia, sostenedora inconsciente
delprestigio de la familia, revolcábase abajo, en la obscura y húmedacuadra, quedando panza
arriba y con las patas agitadas por un temblorconvulsivo. La situación fue ridícula y
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