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Arroz y Tartana

perfumería,donde, al entrar, toda una avalancha de esencias distintas sale decuantos huecos tiene
la anaquelería, asaltando el olfato.
Sobre las mesas pintadas de verde amontonábanse las flores como sifuesen comestibles, o
agrupadas en pirámides, sobre una base de papelcalado, erguíanse formando ramos
monumentales con los colores encaprichosos arabescos. Allí estaban las jardineras: hermosas
unas, conla esplendidez de las vírgenes morenas; viejas y arrugadas otras, conesa fealdad de
bruja que es final rápido e inesperado de la belleza delas razas meridionales. Acostumbradas
todas ellas a la vida común conlas flores, tratábanlas con confianza ruda y desdeñosa.
Recortabancruelmente sus tiernos rabos mientras hablaban con los compradores, oaprisionaban
sus finos tallos con el hilo, sin que les enterneciera elperfume que en son de protesta les
arrojaban al rostro.
Un mosaico deslumbrador se extendía sobre las mesas. Las azucenas, consu túnica de blanco
raso, erguíanse encogidas, medrosas, emocionadas,como muchachas que van a entrar en el
mundo y estrenan su primer trajede baile; las camelias, de color de carne desnuda, hacían pensar
en eltibio misterio del harén, en las sultanas de pechos descubiertos,voluptuosamente tendidas,
mostrando lo más recóndito de la fina y rosadapiel; los pensamientos, gnomos de los jardines,
asomaban entre elfollaje su barbuda carita burlona cubierta con la hueca boina de
moradoterciopelo; las violetas coqueteaban ocultándose para que las denunciasesu olorcillo que
parecía decir: «¡Estoy aquí!»; y la democrática masa deflores rojas y vulgares extendíase por
todas partes, asaltaba las mesas,como un pueblo en revolución, tumultuoso y desbordado,
cubierto deencarnados gorros.
Allí esperaba Juanito la aparición de Tónica, que todos los domingos,por hallarse libre del
trabajo, se encargaba de la compra, evitando estaoperación a su compañera, cada vez más falta
de vista. Formaban unaoriginal pareja el hortera endomingado y aquella muchacha, que por
estarcerca su casa iba de trapillo, sin perder por esto el aire de distinciónadquirido en la niñez y
llevando su cesta con la desenvoltura de unacolegiala que comete una travesura.
Hablaron un buen rato en la entrada del mercadillo, sin fijarse enmiradas maliciosas ni darse
cuenta de los rudos encontronazos de lamultitud; él la cargaba con el ramo más hermoso que
veía, seguíala en sucorreteo por el Mercado, de puesto en puesto, y después la acompañabahasta
su casa, lentamente, saludando a los vecinos de los pisos bajos,que consideraban a Juanito como
un conocido y se hacían lenguas,especialmente las mujeres, del «gancho» de la costurerilla, una
mosquitamuerta que había sabido «pescar» un novio rico, según aseguraban losmejor
informados de la calle.
Juanito, poco a poco, había logrado estrechar sus relaciones con Tónica.No subía a la casa,
eso no; ¿qué dirían los vecinos? pero si le estabavedado entrar en aquella escalerilla, que se le
antojaba camino demisterioso santuario, podía acompañar a Tónica y su amiga los domingospor
la tarde.
El dependiente había entablado amistad con Micaela, una criaturainsignificante que pasaba
por el mundo como un fantasma, anulada lavoluntad, lamentándose de no vivir, como en su
juventud, en laservidumbre doméstica. Sentía una tierna simpatía por aquella mujer casiciega,
con sus ojazos claros siempre inmóviles, como si experimentaraeterno asombro. Entre el
dependiente y ella establecíase el lazo de laigualdad de caracteres. Los dos eran seres débiles,
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