Not a member?     Existing members login below:

Arroz y Tartana

nodesconozco lo fácil que es quedarse los bolsistas en medio de la callede la noche a la mañana.
¿Y puedo yo estar tranquilo...? Al principio,Antonio era prudente y no exponía gran cosa; pero
la ganancia le ciega,y ahora... ¿sabes? me he enterado de que se mete tan hondo, que si lafortuna
le volviese la espalda, en veinticuatro horas quedaba limpio,sin cubrir sus compromisos, y por
tanto, deshonrado. Figúrate lo queesto representa muchacho. Si tu padre viviera, me
comprendería mejor. Seme abren las carites sólo al pensar en la posibilidad de que el dueño
deLas Tres Rosas aparezca como un insolvente, como un tramposo, casicomo un estafador. Di,
muchacho, ¿puedo yo consentir esto? ¿Te parecetolerable?
Y el viejo se animaba, se erguía, apoyándose en su bastoncillo, y alhablar de su querida
tienda, una oleada de sangre daba color a su carafresca de anciano bien conservado.
—No; yo no puedo callar; esto apresurará mi muerte. Necesitotranquilidad, y no me acuesto
ninguna noche sin llevar en el cuerpo unberrinche más que regular. Lo que yo digo: pero Señor,
¿por qué semeterá ese hombre en libros de caballerías? ¿No podía vivir tranquilocomo yo,
trabajando para la vejez y sin exponerse a peligro alguno...? Yes la maldita ambición que hoy
todo lo invade. En mis tiempos, antes degastar un ochavo le dábamos cien vueltas, pero nos
contentábamos con lonuestro y vivíamos felices. Ahora todo el mundo no piensa en otra cosaque
en el modo de quitar legalmente la bolsa al vecino. La ambición losdevora; a los cuarenta años
son más viejos que yo; viven pendientes deun hilo con el afán de acaparar dinero; y todo para
derrocharlo, parasatisfacer esa locura de engrandecimiento que a todos domina. Esto
estáperdido. Los mocosos ya no se conforman con ser aprendices y quierenpasar a amos; y...
¿qué más? Antonio se avergüenza de ser comerciante, yva por las tardes a la Alameda en un
cochecillo ridículo, guiando comosi fuese un cochero. Antes soñaba con que su hijo fuese
abogado, y ahoramira impasible cómo abandona los estudios y se entera con gusto de
susprogresos en la equitación. Dice que con la herencia que él le dejará,para nada necesita la
carrera; quiere hacer de él un hombre a la moda, yquién sabe si tendrá pensado casarle por lo
menos con la princesa deAsturias....
Y reía al decir esto con una risa misericordiosa, como si se sintieraelevado por encima de
todas las miserias.
—En fin, hijo mío, tal vez te fastidie con mis quejas, pero a losviejos hay que tolerarles. Yo
necesito hablar, expansionarme, echarfuera de mí esta inquietud que me devora, como si fuese
yo mismo quiense mete en aventuras. Y te repito que esto acabará mal, muy mal. Tu tíoes de la
misma opinión. ¿Ves a tu principal? Pues es como tu mamá. Yo nole conocía, pero hay que
tratar mucho a los hombres. Depende de lascircunstancias que se muestren tales como son.
Ahora no me cabe duda dequién es Antonio. Hubiese hecho con tu madre una excelente pareja.
Losdos son iguales. Unos «fachendas», hambrientos de figurar, deseosos demeterse en una
esfera superior a la suya, aunque se pongan en ridículo.Tu madre arruinándose y Antonio
subiendo locamente camino de la suerte,son exactamente lo mismo. Capaces de derrochar una
fortuna; la una pormantener lo que llama su «rango», y el otro por meterse entre gentes quede
seguro se burlan de él.... Esto no puede seguir así.... Vamos a vergrandes cosas, y... ¡ay! me dice
el corazón que mi tienda, mi pobrecitatienda, naufraga en esta borrasca, y yo me muero.
El viejo hablaba melancólicamente, como si viese ya la ruina del brazocon la muerte rondando
en torno de él.
Juanito se fastidiaba.... ¡Bah! Aprensiones de viejo.
Remove