Esta tarde hemos cumplido un deber triste: hemos
acompañado hasta lasanta tierra al que en vida fue nuestro
amigo don Víctor.
Una rambla abre su ancho cauce entre el camposanto y el
pueblo. Laverdura se extiende en lo hondo bordeando el cauce,
repta por elempinado tajo, se junta a la otra verdura de los
huertos que respaldanlas casas y aparecen colgados como
pensiles.
Sarrió y Azorín, ya de regreso, han cruzado la rambla. Y
Sarrió hadicho:
—¿A que no sabe usted, Azorín, en lo que pensaba don Víctor
cuando seestaba muriendo? Pensaba en un bastón, en su bastón.
Y decía: «Que medevuelvan mi bastón... mi bastón de vuelta,
¿eh?... un bastón que tieneuna chapa de plata... una chapa de
plata que hace un ruido al caminar,¿eh?»... Y luego en la agonía
le ha gritado: «¡Mi bastón, mi bastón!»; yha muerto. ¿No le
parece a usted raro, Azorín?
—No, querido Sarrió, no me parece raro. Unos piden luz, más
luz,cuando se mueren; otros piden sus ideas, este pobre hombre
pedía subastón. ¡Qué importa bastón, ideas o luz! En el fondo,
todo es unideal. Y la vida, que es triste, que es monótona,
necesita, queridoSarrió, un ideal que la haga llevadera: justicia,
amor, belleza, osencillamente un bastón con una chapa de plata.
Llegaba el crepúsculo. Y el cielo se encendía con violentos
resplandoresde incendio.
