La casa de Verdú es ancha, clara, limpia. Tiene un zaguán
solado degrandes losas; a la derecha, la escalera asciende con su
barandilla deforjados hierros; en el fondo se abre la recia puerta
de nogal quefranquea el despacho. El despacho es de paredes
blancas, con dosarmarios llenos de libros, con una mesa de
columnillas salomónicas, conanchos fraileros acá y allá
adornados de chatones lucientes. En lasparedes, entre los
estantes, lucen dos grandes litografías lyonesas; enla una pone:
Comme l'amour vient aux garçons, y representa un
mozueloensimismado, compuestito, que se aleja con una
muchacha hacia un baile;en la otra dice: Comme l'amour vient
aux filles, y figura dos niñasque oyen embelesadas la dulce
música de un garzón lindo.
Cuidadosamente colocados en una vitrina, todo limpio, todo
de plata,relucen una imagen de la Virgen aragonesa, un servicio
de afeitar—consu palangana de collete, su jarro, su bola para
jabón—, seis macerinasy una bandeja cuadrada. «Todo esto—
declara una cartela—le tocó a doñaEulalia Verdú y Brotóns en
la rifa que se ejecutó en Zaragoza abeneficio del Santo Hospital
Real y general de Nuestra Señora de Graciael día 7 de
Noviembre de 1830.»
A la derecha, en el fondo del despacho, se abre una espaciosa
alcoba, yfrente a la puerta de entrada una gran reja movediza
que da paso a unpatio. El patio está enladrillado de cuadrilongos
ladrillos rojos; unaparra lo anubla con fresco toldo; al final, una
cancela deja ver porentre sus varillajes, festoneados de
encendidos geranios, una sombrosahuerta de naranjos, de
higueras con sus brevas adustas, de ciruelos consus doradas
prunas, de manzanos con sus grandes pomas rosadas... Enotoño,
