»¡Cuánto he sufrido y cuánto sufro, querido Antonio! Mi vida
hafracasado; podía haber sido algo y no he sido nada. ¿Por qué,
por qué?
Y ésta es la carta que ha recibido Azorín—una página de
nuestrahistoria contemporánea, un fragmento vivo, auténtico,
con detallesvulgares, con rasgos épicos—¡en la realidad todo va
junto!—de nuestravida de provincias literaria y política.
Hoy Azorín se ha marchado a Petrel. Petrel se asienta en el
declive deuna colina, solapado en la fronda, a la otra banda del
valle de Elda,dominando con sus casas blancas y su castillo
bermejo el oleaje, verde,gris, azul, de la campiña. Monóvar está
a la parte de acá, frente afrente, sobre una ancha meseta. El
camino desciende en empinadosrecuestos, culebrea entre
rapadas lomas, toca en un huertecillo degranados, se acosta a un
plantel de oliveras, empareja con un azarbe deaguas tranquilas,
pasa rozando el cubo de un molino, entra, por fin, enlas huertas
frescas y amenas de Elda.
