dígalo usted con brío, con cierto énfasis.
Luego vuelve al lado de Azorín. El telón se ha levantado. El
viejo dice:
—¿Usted no conoce esta obra? Es preciosa; yo se la vi estrenar
aCaltañazor, a Becerra, a la Ramírez, a la Di Franco, que
entonces erauna niña... Camprodón tenía mucho talento. Yo
conocía también a sumujer, doña Concha... Él y yo tomábamos
muchas tardes café juntos en elde Levante. ¿Sigue aún ese café,
querido Azorín?
Azorín contesta que aún dura ese café. De pronto estalla en la
sala unalarga salva de aplausos. Y el viejo tiende los brazos
hacia Azorín, loabraza y llora en silencio.
Estos son unos viejos, muy viejos. Llevan un pantalón negro,
un chaleconegro, una chaqueta negra de terciopelo. Esta
chaqueta es muy corta. Yacasi no quedan en el pueblo más
chaquetas cortas que las de estos viejoslabriegos. Van
encorvados un poco y se apoyan en cayados amarillos. ¿Enqué
piensan estos viejos? ¿Qué hacen estos viejos? Al anochecer
salen ala huerta y se sientan sobre unas piedras blancas. Cuando
se han sentadoen las piedras permanecen un rato en silencio;
luego, tal vez uno tose;otro levanta la mano y golpea con ella
abierta la vuelta del cayado;otro apoya los brazos cruzados
sobre el bastón e inclina la cabezapensativo... Estos viejos han
