A lo lejos una torrentera rojiza rasga los montes; la torrentera
seensancha y forma un barranco; el barranco se abre y forma
una amenacañada. Refulge en la campiña el sol de Agosto.
Resalta, al frente, enel azul intenso, el perfil hosco de las
Lometas; los altozanos hinchansus lomos; bajan las laderas en
suave enarcadura hasta las viñas. Yapelotonados, dispersos,
recogidos en los barrancos, resaltantes en lascumbres, los pinos
asientan sobre la tierra negruzca la verdosa manchade sus copas
rotundas. La luz pone vivo claror en los resaltos; lashondonadas
quedan en la penumbra; un haz de rayos que resbala por
unacima hiende los aires en franja luminosa, corre en diagonal
por unterrero, llega a esclarecer un bosquecillo. Una senda
blanca serpenteaentre las peñas, se pierde tras los pinos, surge,
se esconde, desapareceen las alturas. Aparecen, acá y allá,
solitarios, cenicientos, losolivos; las manchas amarillentas de los
rastrojos contrastan con laverdura de los pámpanos. Y las viñas
extienden su sedoso tapiz de verdeclaro en anchos cuadros, en
agudos cornijales, en estrechas bandas quepresidían blancos
ribazos por los que desborda la impetuosa verdura delos
pámpanos.
La cañada se abre en amplio collado. Entre el follaje, allá en el
fondo,surge la casa con sus paredes blancas y sus techos
negruzcos. Comienzanlas plantaciones de almendros; sus
