poco indeciso, un poco hastiado, mirar alcielo, escupir, saludar a
un transeúnte, auparse el pantalón... yvolverse adentro, hasta
otra media hora, en que volver a salir, tambiéncansado, también
indeciso, a escudriñar la monotonía del cielo y lasoledad de la
calle.
Otras veces Azorín permanece largos ratos en una modorra
plácida,vagamente, traído, llevado, mecido por ideas sin forma y
sensacionesesfumadas. Cerca, en la casa de al lado, hay un taller
de modistas, y aratos estas simples mujeres cantan largas
tonadas melancólicas, tal vezacompañadas por la guitarra de un
visitador galante. Y las voces frescasy traviesas vuelan junto a
las voces serias y graves, que las persiguen,que las amonestan,
que reclaman de ellas cordura, mientras las notas dela guitarra,
prestas, armoniosas, volubles, se mezclan agudas en losretozos
de las unas, se adhieren profundas a los consejos de las otras.
Y Azorín escucha a través de su letargo este concierto de
centenariasmelodías, este concierto de melodías tan dulces, tan
voluptuosas, quetraen a su espíritu consoladoras olvidanzas.
Entonces, cuando una débil claridad penetra por las rendijas de
laventana, se oye sobre la canal de latón, que pasa sobre ella,
untraqueteo sonoro, ruido de saltos, carreras precipitadas, idas y
venidasafanosas. Y los trinos alegres se mezclan a este estrépito
y sacan aAzorín de su sueño. Todo está aún en silencio. La calle
reposa. Y depronto suena una campana dulce y aguda: en el
