¡Y es Sarrió! Sarrió que mira también y mereconoce. Y entonces
se levanta; yo también me levanto. Y me da unfuerte abrazo,
mientras grita:
—¡Lo mismo que don Luis María Pastor!
—¡Sí, sí—exclamo yo—, lo mismo que don Luis María
Pastor!
Y en la sala del Español se ha producido un escándalo enorme.
En lospalcos, en las butacas, en el paraíso protestaban
ruidosamente denuestra expansión; la representación se ha
interrumpido, y hemos tenidoque marcharnos avergonzados,
mohinos, cabizbajos.
¿Cómo había yo de reconocer a Sarrió, si se ha comprado otro
sombrero?Este sombrero es perfectamente semiesférico. Pero
Sarrió está disgustadocon este sombrero. Creo que acabará por
retirarlo y volverse a poner elotro; ésta es mi impresión.
Esta tarde hemos estado paseando por la Castellana; al
anocher, paradescansar un poco, hemos entrado en la
Mallorquina. Sarrió y yo opinamosque en Madrid no hay un
sitio más ameno que la Mallorquina. Aquíestábamos tomando
un pequeño refrigerio, cuando a mí se me ha ocurridorepasar un
periódico; mis malas costumbres no pueden abandonarme. Y
comolo más entretenido—y lo más instructivo—de un periódico
son lossucesos, yo, naturalmente, he echado la vista sobre ellos.
