De rato en rato, al paso, se columbra por las puertas
entreabiertas elpatio clásico con las columnas dóricas y el
zócalo azul, con el evónimusraquítico y el canapé de enea. Una
ancha faja de añil intenso encuadralas portadas; sobresalen
adustos los viejos blasones; se destacan lasafiligranadas rejas
con la blancura de los muros. Y en la calle,empedrada de
punzantes guijarros, entre el ángulo de la pared y el piso,al pie
de los zócalos rosas o azules, corre una cinta de espesa y
alegrehierba verde.
El cielo está radiante, limpio, de un azul pálido. Llegan
lejanossonoros repiqueteos de fragua. El sol refulge en las
fachadas. Cantanlos gallos. Y de pronto la enorme diligencia
parte, con formidableestrépito de herrumbres, en dirección a
Infantes, donde expiró Quevedo,hacia «el antiguo y conocido
campo de Montiel», por donde Cervantes hizocaminar a Alonso
Quijano la vez primera...
Cuando me despierto oigo en la calle, a través de las maderas
cerradas,voces, ruido continuo de sonoros pasos, campanadas,
trinos de canarios,ladridos de perros. Me levanto; por los
cristales veo, enfrente, unaringla de casas bajas enjalbegadas,
con las ventanas diminutas, con unossoportales vetustos
formados por pilastras de piedra. En una tablacolocada en un
balconcillo, a manera de banderola, leo, escrito engruesas letras:
