Al llegar aquí tose pertinazmente y se aliña después la barba.
Otra vez vuelve a toser durante un breve rato, y otra vez
vuelve apasarse la mano por su blanca barba.
—Era un orador notable... Yo no he oído a nadie que tuviera la
dulzuraque tenía Martínez de la Rosa. Aquéllos eran otros
hombres: ¿no leparece a usted?
Evidentemente, me parece que aquellos hombres eran distintos
que éstos.Yo tengo la franqueza de decirlo, y mis declaraciones
le producen unagran satisfacción a este viejo. Por eso sonríe con
su aire bondadoso yclava su mirada en el fondo de su sombrero.
Este sombrero él se lo hapuesto durante una porción de años
para venir al Congreso. ¡No secomprará otro! Y como este
sombrero, que tiene un forro blanco con unletrero que dice:
Redón, le recuerda tantas cosas, él le pasa la mangacon amor por
la copa. Y luego se lo pone con las dos manos y se aleja unpoco
inclinado, tosiendo, pasándose suavemente la mano por su
barbablanca.
«Pepita: Yo tengo unas amigas. No te pongas pálida. Yo tengo
unas amigasque cantan en golpes graves y metálicos por la
mañana; que sollozan porla tarde en un canto largo y plañidero
de despedida. Vivo al lado de unaiglesia. Y estas amigas son las
campanas. La iglesia es vieja, con lasparedes amarillas y
