«Querida Pepita: Quedé en escribirte desde París, pero no
puede ser,porque no he ido aún a París. Te escribo desde
Madrid. Y quiero contartemuchas cosas. Aquí yo hago una vida
terrible. Sabrás que emborrono todoslos días un fajo de
cuartillas. No me levanto muy temprano; me acuestotarde. Y
cuando me despierto, mientras me desperezo un poco y
recapitulosobre lo que he de hacer durante el día, oigo un reloj
que suena lasdiez en el piso de al lado, y después otro en el piso
de abajo, y luegootro en el piso de arriba. Y mi reloj, este reloj
pequeñito que túconoces, va marchando sobre la mesilla en un
tic-tac suave. Como es yatarde—¡las diez!—, me echo de la
cama y abro el balcón. La calle estámojada; el cielo está de
color de plomo.
»Yo, cuando veo este cielo gris, oscuro, triste, me acuerdo de
esecielo tan limpio y tan azul. Y cuando me acuerdo de ese cielo
azul, meacuerdo también de unos ojos anchos y azules...
»Pero es preciso estar aquí, Pepita; es preciso vivir en este
Madridterrible; en provincias no se puede conquistar la fama. La
fama noestamos muy acordes los que vamos tras ella en lo que
consiste; pero yopuedo asegurar que el fajo de cuartillas que
emborrono todos los días,lo emborrono por conquistarla.
»Cuando me siento ante la mesa, después de levantarme, me
esperan sobreella una porción de libros. Los que han escrito
estos libros quieren queyo los lea. ¿Por qué quieren que yo los
lea? Yo no puedo leerlos todos;esto es un compromiso
