bello de todo. Las mujeres que han llegado aser duchas en
elegancias, acaban por ser sencillas; los escritores quehan leído
y escrito mucho, acaban también por ser naturales. Usted,Pepita,
es sencilla y natural espontáneamente. No lo ha aprendido
usteden ninguna parte: el pájaro tampoco ha aprendido a cantar.
Y yo, que heescrito ya algo, quisiera tener esa simplicidad
encantadora que ustedtiene, esa fuerza, esa gracia, ese atractivo
misterioso—que es elatractivo de la armonía eterna.
Pepita se halla en la entrada tramando sus encajes con sus
dedossutiles. Está sentada; tiene sobre la falda la almohadilla; a
sus pieshay un periódico de modas.
Este periódico lo coge Azorín; luego lo ojea; Azorín lo lee
todo. Ypasando y repasando las grandes páginas, sus ojos caen
sobre algointeresante. Es una consulta que el periódico ha hecho
a sussuscriptoras sobre ciertas cuestiones; una de las preguntas
es lasiguiente: ¿Qué cree usted preferible, ser amada sin amar o
amar sinser amada? Las respuestas varían, pero todas son
curiosas. He aquí loque dice una de ellas, que Azorín ha leído en
voz alta:
«Ninguna de las dos cosas. Para una mujer de corazón, tan
malo es lo unocomo lo otro. He amado sin ser amada, y ahora
soy amada sincorresponder, bien a pesar mío. Cuando tenía
quince años me enamoré deun hombre que pasaba de los treinta,
y él, como es natural, meconsideraba una chiquilla. Yo me
