siempre que los comoveo en ellos algo así como un símbolo.
Esto quiere decir, señor Sarrió,que debemos esforzarnos para
que nuestras palabras acedas, nuestrasintenciones aviesas se
tornen propósitos de concordia y de paz que unana todos los
hombres en cánticos de alabanza al Señor, que los ha creado;del
mismo modo que estos limoncillos que eran antes agrios son
ahoradulces y nos mueven en elogios hacia esas monjas que los
han adobado consus manos piadosas.
Sarrió calla y come. Yo barrunto que a Sarrió no le interesa
mucho elsímbolo de las cosas. Él, al menos, puedo afirmar que
no piensa en nadacuando saborea estos limoncillos.
Hoy se han celebrado las elecciones. Han andado por el pueblo
excitadosunos y otros hombres. Azorín no comprende estas
ansias; Sarrió permaneceinerte. Los dos son algo sabios: uno por
indiferencia reflexiva; otropor impasibilidad congénita. «Los
hombres, querido Sarrió—ha dichoAzorín—, se afanan
vanamente en sus pensamientos y en sus luchas. Yocreo que lo
más cuerdo es remontarse sobre todas estas miserables cosasque
exasperan a la Humanidad. Sonríamos a todo; el error y la
verdad sonindiferentes. ¿Qué importa el error? ¿Qué importa la
verdad? Lo queimporta es la vida. El bien y el mal son
creaciones nuestras; no existenen sí mismos. El pesimismo y el
optimismo son igualmente verdaderos oigualmente falsos. En el
