que ejercemos la noble profesión de la pluma.Escribe uno un
libro, publica uno treinta artículos, y la crítica habla,los
compañeros hacen sus comentarios. Todo esto, ¿qué importa?
Todo estoestá previsto. Pero ese pedazo de conversación que
oímos al paso y enque suena nuestro nombre, esa carta anónima
que nos felicita, ese lectorentusiasta—como este Bellver—que
estrecha rápidamente nuestra mano conefusión, con sinceridad,
y luego se marcha... todo esto, ¡qué grato es ycómo compensa
del trabajo rudo y las tristezas!
Nosotros, como el Hidalgo Manchego, tenemos algo de
soñadores; unailusión nos vivifica. Vivimos pobres; gastamos
año tras año nuestrasfuerzas sobre los libros; la muerte
sorprende nuestros cuerpos fatigadosen plena vida; si
trasponemos la juventud, nuestra vejez es mísera yachacosa;
vemos aupados por las multitudes a hombres fatuos,
mientrasnosotros, que damos a la Humanidad lo más preciado,
la belleza,permanecemos desamparados... Y un día, en nuestra
soledad y en nuestrapobreza, un desconocido se acerca a
nosotros y nos estrecha conentusiasmo la mano. Y entonces nos
creemos felices y consideramoscompensados con este minuto de
satisfacción nuestros largos trabajos.
Esto me sucede a mí ahora, querido Sarrió; y por eso este
apretón demanos ha puesto en mí tanta ufanía como en Alonso
Quijano la liberaciónde los galeotes o la conquista del yelmo.
