—Dijiste una vez... y lo has repetido muchas veces... «jamás mecasaré con quien no sea digna
de mí; y no es digna de ser esposa de unhombre honrado aquélla cuyos padres...» Lo diré de una
vez.... La uniónde los míos no tuvo la bendición del Cielo.
La huérfana calló, y de sus ojos húmedos se desprendieron dos lágrimasque cayeron en las
violetas como dos gotas de rocío.
—¡Perdón!—repetí, estrechando a la joven entre mis brazos, y atrayendosu gallarda cabeza.—
¡Perdóname, Linilla!
Y sobrecogida de espanto me apartó dulcemente.
—¡Cómo no perdonarte! Si te amo con toda el alma.... Ya sabes quiensoy.... En mi vida no
hay nada que me avergüence... pero en losmíos.... ¡Ya lo sabes todo!... Te hice sufrir, ¿verdad?
Sí, porque estásllorando.... ¡Perdóname!... Era preciso.. Más tarde habrías dicho queyo te había
engañado.
Tomé las manos de la joven y las llevé a mis labios. Ella, sonriendo,las retiró, diciéndome
graciosamente:
—«Y el cuento que entró por un caminito de plata salió por un caminitode oro».
La revelación de Angelina me dejó triste, abatido, avergonzado. Entoncesme dí cuenta de
ciertas melancolías de la niña, cuando yo hablaba debodas y noviazgos. Me propuse calmar el
ánimo de la doncella, quitarle,en cuanto fuera posible, la mala impresión que mi ligereza y
misimprudentes palabras le habían causado, y lo conseguí. Le hice ver quemi poca reflexión no
debía ser motivo de disgusto, y puse todo mi empeñoen que comprendiera que cuanto yo había
dicho no era más que larepetición de opiniones leídas en no sé qué libro, oídas a no sé
quépersonas. Nunca pensé que hería a Angelina en lo más vivo; jamás pudeimaginar que la
pobre niña supiese la historia de su infeliz madre. Yotambién la ignoraba, por culpa de mi tía,
quien siempre se rehusó acontarme cómo y de qué manera fué Angelina a la casa del P. Herrera,
delcariñoso anciano, del santo sacerdote que veía, y con razón, en su hijaadoptiva, un ángel
bajado del cielo para alegrar las tristes horas de suvida rural. Y no me costó poco trabajo
conseguir que mi amada olvidaramis dichos inoportunos y crueles. Fallos, juicios y opiniones
oímos enel mundo que nos parecen atinados y justos, y los acogemos ligeramente,los repetimos,
los hacemos nuestros, y suele suceder que más tardecaemos en la cuenta de que hemos repetido
una tontería.
Linilla—así la llamé en lo de adelante—no volvió a tocar el punto, ysiempre se mostró
conmigo afable y satisfecha. No salía yo a la callemás que a las horas de trabajo, y al volver del
despacho me pasaba lashoras al lado de la huérfana, cada día más enamorado de ella. Una o
