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Gatsby
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brotaron lentamente,primero indecisos e indefinibles, luego distintos y bien perfilados,celajes y
nubecillas de color de violeta, a través de las cuales vimosque desaparecían las estrellas entre
ráfagas de fuego. Las campanitasseguían llamando a misa, el río seguía cantando, y susurraban
lasarboledas, y venía de las selvas y de las cañadas algo como rumor delejanas orquestas
misteriosas que ejecutaban, allá en la sierra, en lomás recóndito de la cordillera, inaudita
sinfonía.
Abrióse, por fin, la puerta de la capilla, y la multitud se precipitó enel sagrado recinto.
De codos en la verja contemplábamos nosotros el espectáculo arrobador deaquel espléndido
crepúsculo, el panorama de Villaverde alumbrado por losrojos fulgores del naciente día que
incendiaba con reflejos de hornazalos celajes que bogaban en el horizonte.
—Angelina:—exclamé, estrechando la mano de la doncella—¿me amarássiempre, siempre,
como yo te amo?
—¡Siempre!—contestó estremecida.—¡Como hoy, como mañana, hasta despuésde muerta!
A la incierta luz de la aurora, que bañaba en celestes claridades elrostro de Angelina, vi que
lloraba, que dos lágrimas rodaban por susmejillas.
—¡Niña!—gritó mi tía desde los umbrales del templo.—¿Qué haces? ¡Yaempezó la misa!
La joven corrió hacia la iglesia. Las torres soltaron el último repique;el órgano desató sus
raudales de místicas harmonías, y a sus acordessolemnes se unió festivo coro de infantiles voces,
de gorjeadores pitos,de ruidosas y tintinantes panderetas. La misa principiaba.... El P.Solís
entonaba con su vocecilla devota y simpática:
«¡Gloria in excelsis Deo!»
XXVII
De mi casa al despacho de Castro Pérez. Terminado el trabajo, a eso delas cinco, nada de
tertulia en la botica, nada de oir tocar a laseñorita Fernández. A mi casita, a mi pobre casita, que
me parecía unalcázar. Si acaso, y eso de cuando en cuando, a visitar al dómine o acharlar con
Andrés. Los domingos, de vuelta de misa, a conversar con lastías y con Angelina, a leer, a
escribir....
Por la tarde al patio. La doncella y yo regábamos las plantas, y luegonos instalábamos al pie
del naranjo. Cortábamos violetas y rosas, y nosentreteníamos en hacer ramilletes, empeñado
cada uno en que el suyofuese el mejor. Angelina solía tejer unas guirnaldas en que mezclaba
loshelechos de un modo maravilloso. Gran variedad hay de ellos enVillaverde, y en nuestro
jardincillo crecían de los más lindos. Cerca dela fuente, en las piedras, y en los troncos viejos, se
daban algunos queparecían plumas, cintas de seda, tiras de raso.
 

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