ramilletes en una gran cesta ylos cubría con un lienzo, cuando mi tía, tocándome en el hombro,
exclamóimpaciente:
—¡Pero, muchacho, estás ido, o qué te pasa que no oyes lo que te digo!
—Usted dispense, tía—contesté avergonzado, temeroso de quesorprendiera el secreto que me
tenía distraído.—¿Misas de aguinaldo?Las hay en todos los templos, y con pitos, sonajas y
música decuerda... mas no para los colegiales sujetos a rigoroso reglamente, condenadosa
perenne clausura, como si fueran monjitas capuchinas. En el oratoriohabía misa, pero muy
silenciosa y triste. La oíamos soñolientos ydesesperados, tiritando de frío. Ahora iré con
Angelina y con usted atodas, a todas, para acordarme de mis buenos tiempos. ¿Se acuerda
usted,tía Pepilla, de cuando me llevaba usted a las misas de aguinaldo quedecía en el Cristo el P.
Artega?
—No me hables de eso, hijo mío, ni me recuerdes a ese infeliz que sehizo hereje, protestante,
apóstata....
Y desdeñando la conversación cortó la hebra de su charla.
—Vamos, Angelina.... ¡A dormir, que es muy tarde! Carmen te estáesperando. La pobrecilla
quiere cambiar de postura....
En tanto que Angelina cerraba la puerta de la sala me dirigí a mirecamarita. El viento
inundaba la habitación con los mil aromas deljardín, y el amor derramaba en mi alma el perfume
embriagante de losaños juveniles.
Apagué la bujía, y de codos en la ventana me puse a contemplar el cielo.
Era yo feliz, muy feliz. Mis labios quisieron pronunciar el nombre deAngelina, y sólo dijeron:
¡Matilde!
La dulce niña de mi primer amor ocupaba todavía un lugar en mi corazón.
Aquel recuerdo me llenó de tristeza. Vinieron a mi memoria las alegríasde los quince años, las
fugitivas amarguras del primer pesar, la torturacongojosa del primer desengaño.
¡Mísera humanidad en la cual todo pasa y perece! En ella no persisten nidichas ni dolores; la
más intensa alegría se disipa como la niebla; elafecto de hoy se ve traicionado por el afecto de
ayer, afecto quecreíamos muerto, y que de pronto revive en el alma fuerte y activo. Eldolor, con
el cual llegamos a encariñarnos, del cual nos abrazamosperdida toda esperanza de volver a la
dicha, deseosos de vivir para él,sólo para él, pasa y se va, huye y no vuelve, nos deja para que
brisasde ventura, de una ventura fugaz y efímera también, venga a refrescarnuestra frente y a
reanimar el desmayado corazón.
