Elrostro del mártir me causaba risa; era una carita de tonto, pálida,risueña, sin majestad, sin
nobleza, sin la expresión augusta quecorresponde a santo tan ilustre.
A la izquierda, en un marco dorado, bajo un cristal verdoso y orlado deoro sobre fondo negro,
un retrato de don Antonio López de Santa-Anna,de gran uniforme, al cuello la cruz de
Guadalupe.
Uno igual había en mi casa. La buena de mi tía Pepa le relegó al cuartodel baño.
—¡Allí está bien!—decía, cuando le hacíamos notar laprofanación.—¡Allí, allí está bien! ¡A
ese maldito viejo debemos todasnuestras desgracias!
A eso de las diez comenzaron a llegar los clientes. Primero, una logrerairascible que se fué
echando chispas, muy quejosa del abogado; despuésunos indios que entraron tímidos y
respetuosos, con el sombrero entrelas manos, vestidos de limpio, al hombro el zarape purpúreo.
Traían para don Juan un par de pavos. ¡Qué pavos! Que ni de encargo paraun mole en los
callejones de Barrio Viejo el día de Difuntos.
—«Aquí te lo trais el guajolotito de la ofrenda para el siñorlicenciado»....
Alguien me dijo después que aquellos hijos de Motecuhzoma eran ediles deun pueblo
cercano, clientes de don Juan en un lite de quince años, pararecuperar una dehesa y una faja de
monte.
Grato pasatiempo diario fué para mí la tertulia que se reunía todas lastardes, dadas las cinco,
en el despacho del jurisconsulto. Concurrían deordinario en aquel sitio, el doctor Sarmiento (a
menos que los deberesde su profesión se lo impidieran), don Cosme Linares, y el
escribanoQuintín Porras. Este era el alma de la tertulia por lo bullicioso ydecidor. Inteligente,
instruído, perspicaz, oportuno, hacía que leoyéramos sin darnos cuenta de las horas que pasaban.
Recibió el título amediados del 67; había estudiado en Villaverde, en Pluviosilla y enMéxico.
Leía mucho, y aunque joven, y al parecer ligero, tenía grandeafición a los estudios serios;
gustaba de las ciencias eclesiásticas, ysiempre andaba a vueltas con la Moral y la Teología.
Había queescucharle cuando soltaba la sin hueso. Le dominaban dos pasiones: la decontrovertir
y disputar, y otra, muy dulce y pacífica, el tresillonocturno en casa de Sarmiento, con el P. Solís,
don Cosme, y algunosmás. Baltronero como el mejor, a causa de la vehemencia de su
carácter,cuando tomaba la palabra era imposible cortarle la hebra del discurso.Cuando él
peroraba nadie metía baza; era capaz de discutir con el lucerodel alba, y hasta con los moradores
de ultra-tumba. Cierta vez,—así locuentan en Villaverde,—el amigo Porras fué llevado a un
círculoespiritista, con visos de lógia masónica, fundado recientemente por donJuan Jurado, un
«huizachero» de Pluviosilla. El gran círculo, centro deteósofos y de libres pensadores, formando
